Esquizofonía

En tiempos de modernidad caracterizados por el imparable avance de la tecnología que nos ofrece innovaciones de todo tipo y para todos los gustos, destacando entre ellas todos aquellos artefactos que provocan ruido. Usaré en este artículo la palabra ruido para englobar sonidos no deseados o no buscados por el oyente. Ruido que tanto daño está causando a todos y a cada uno de nosotros sin que a nadie parezca importarle.

| 27 marzo 2011 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores |  9.5k 
9541  

Vivimos en un mundo sonoro, no sólo por obra de la naturaleza, de armonía auditiva casi siempre, sino por la obra humana. Es precisamente esta última la creadora de ruidos, cada vez más frecuentes, más fuertes, más sostenidos: bocinas, perifoneo, motores, escapes, gente hablando, gritando, llorando, teléfonos en todos lados, frenadas, bullicio callejero, ambulantes, heladeros, sirenas de ambulancias y patrulleros, etcétera.

Vemos a los jóvenes, caminar provistos de pequeños o de enormes audífonos, sin que pareciera importarles lo que pasa a su alrededor. Esquizofonía se llama este comportamiento disociado entre lo que se ve y lo que se oye. Éste término junto con el de paisaje sonoro, fueron introducidos por Murray Schaffer, contemporáneo compositor y profesor de música canadiense.

No creo que a los jóvenes les interese aislarse del mundo, me parece que lo que hacen, inteligentemente por cierto, es aislar el ruido, la bulla salvaje y sin descanso que, por ejemplo, hacen los automovilistas (aquí se hermanan en el comportamiento salvaje, los choferes de combi y los particulares).

A diario compruebo esa enraizada y estúpida reacción al cambio de rojo a verde en el semáforo por los que están detrás de la primera línea. No bien cambia la luz se largan a tocar bocina. También a diario, en nuestro cada vez más complicado tránsito, las bocinas se contagian en un inútil esfuerzo por hacer que el policía cambie el turno. Saben que el de adelante no va a avanzar hasta que tenga que hacerlo y que también el policía no va a ceder al chantaje sonoro y sin embargo tocan bocina. Propongo un intensivo curso de civismo sonoro en cada esquina colocando en vez de mimos llamando al silencio, a fumigadores provistos de batería y cornetas para hacerlas sonar en la ventana del infractor. Por mi parte voy a solucionar el arrebato que esos ruidos producen en mi sistema nervioso colocando una bocina en la parte de atrás de mi vehículo (respuestas desesperadas como la que planeo son el subproducto de esta contaminación sonora).

Pero no son los esfuerzos individuales los que provocarán el cambio de conducta de aquellos que no se dan cuenta de que el ruido que producen afecta no sólo su propia salud sino también la de los demás. Tienen que ser entonces los gobiernos locales los que regulen y sobre todo hagan cumplir las normas de intensidad sonora permitida en cada zona y en determinado horario. Me contaba un amigo que se tuvo que mudar de donde vivía, al lado de un colegio, ya que a cada hora sonaba el pitazo llamando al recreo y el ruido lo hacía saltar como si lo estuvieran electrocutando. Alarmas en el barrio y en los centros empresariales han obligado a muchos a colocar vidrios filtradores de ruidos y así pudiera citar cientos de ejemplos de ataques sonoros y de mecanismos de defensa como los audífonos del joven esquizofónico que cambia el ruido por música a todo volumen y que al final, y quizás sin saberlo, igual se está haciendo daño ¿qué hacer entonces?

Loading...


En este artículo: | | | | | | | | | | |


...
Jaime Lértora

Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista

Deje un comentario