Espero que esté en casa

La señora Catalina Montoya, recién ahora, luego de cumplir cuarenta años de edad, se da cuenta que ha sido infructuosa su búsqueda incesante del hombre ideal para casarse con él.

| 13 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Ha rechazado cientos de propuestas de amor en todo este tiempo y ahora que su belleza camina al ocaso, ahora que está ya un poco marchita, está convencida de que el hombre ideal no existe y tendrá que recurrir a un contrato de hace tantos años.

Se mira al espejo y llora y ni siquiera ella entiende por qué, por qué tiene un cuchillo en la mano. Tal vez llora por ese profundo vacío que pareciera existir en sus entrañas.

Todos los chicos del barrio, todos los estudiantes de la universidad, todos los jóvenes de su trabajo se morían por ella; pero ella, empecinada con esa tontería de que “espero al ideal”, siempre dijo “no”.

Ahora está frente al espejo combatiendo su soledad con los recuerdos. Unas lágrimas malogran su maquillaje. Recuerda que cuanto tenía veinte años de edad hasta sus primos querían casarse con ella y un tipo casado le había pedido, en el cerro San Cristóbal, ser su novio para siempre. Ella no atracó.

Tampoco le dio el sí a un chico que le llevó rosas rojas durante dos años seguidos a la puerta de su casa, ni al profesor que se volvió loco por ella y le prometió una plaza de catedrática de por vida en la universidad donde laboraba.

Le dijo no a políticos, a artistas, a trabajadores de a pie y a empresarios. Casi a todos les dijo no. Solo a uno le dio una esperanza. Hace veinte años hizo un contrato a largo plazo con un jovencito de su edad cuyo nombre es Mateo.

El jovencito después de insistir con todas las estrategias del mundo, luego de darle todos los regalos caros y baratos, después de escribirle los versos más tristes y felices de la tierra, le dijo para no rendirse: “Firma este contrato Catalina, si a los cuarenta años no encuentras a tu puto hombre ideal yo estaré esperándote en mi casa de siempre para casarme contigo”. Catalina Montoya firmó el contrato.

Ella ha cumplido cuarenta años y no ha encontrado a su hombre ideal y ahora está llorando frente al espejo, maquillándose para ir a buscarlo a Mateo, el del contrato, a ese loco enamorado que lloró arrodillado decenas de veces para que le diera el sí. Espero que lo encuentre porque Catalina Montoya está dispuesta a suicidarse si ese hombre no está en su casa como lo había prometido.


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