Esos ojos brillantes

Algo increíble pasó con él aquella tarde en que vio por primera vez los ojos brillantes de una chica bella que vendía pollos en el mercado “Ciudad de Dios” de San Juan de Miraflores. Sintió una especie de golpe en los ojos y creyó que algo mágico le había pasado. No era un sueño.

| 14 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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Ricardo en aquel tiempo tenía catorce años de edad y era inexperto en todo. Para ganarse la vida, vendía discos compactos a bajo precio en las afueras del referido mercado y desde aquella tarde en que vio esos ojos brillantes su vida cambio para siempre. No fue nunca el mismo.

Ya no iba a su puesto de discos con sandalias sino con zapatos de fiesta y con sus ganancias compró prendas de moda con la ilusión de atraer a la señorita del mercado cuyos ojos parecían tan irreales.

Tuvo también otros cambios. Soñaba todas las noches que perdía los ojos en un camino y corría, siempre en sueños, con la chica de la mano por unos jardines extensos hasta una laguna lejana.

—Estoy enamorado de una pollera —le dijo a su mejor amigo que le compra las tardes de los sábados películas de acción.

—¿Pollera?

—Vende pollos en el mercado.

—Yo compro todos los días pollo y no he visto a ninguna chica.

Ricardo sin hacerle mucho caso a su amigo seguía cambiando. Se peinaba con una crema extraña que atraía el polvo y hasta empezó a afeitarse aunque no tenía qué. Todas las ganancias de sus ventas la usaba en comprar más y más ropa, y sus amigos lo empezaron a llamar “el metrosexual de los discos” y a veces le decían loco porque decía ver lo que otros no podían.

Le contó su caso a una amiga. “Estoy enamorado y no sé cómo declararme”. “¿De quién?”. “De la señorita que vende pollos en el mercado”. “¿Señorita que vende en el mercado? No la he visto. Los que venden pollos son unos chicos gordos”. “¿No me crees? Si quieres, anda, mírala”. Ella fue y vio puros gordos asesinando pollos. Volvió.

—Ricardo, estás bromeando.

Ricardo se preocupó y dejando su puesto entró al mercado con su amiga. “Mira, ahí está, la de ojos brillantes”. “¿Ojos brillantes?” “Sí la señorita de rojo”. “Oe, estás locazo, de rojo solo está vestido un chico con anteojos”. “¿Chico con anteojos, qué te pasa?”. “Claro que es un chico, qué estás viendo tú. Si quieres le preguntamos a cualquiera”.

Le preguntaron a una señora seria que hacía su mercado aquella mañana y ella dijo que un gordito con polo rojo y con anteojos oscuros era el que vendía los pollos.


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