Eso no se hace

Roberto es de esos tipos que se alucinan “vivos” y creen que se la saben todas. Antes de casarse con Miriam, sin embargo, era conocido como el joven más “zanahoria” del barrio. Llegó a graduarse como técnico en computación, pero lo que le gusta es no trabajar por ningún motivo.

| 25 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 954 Lecturas
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Luego de su boda, comenzó a conocer chicas gracias a su trabajo (no hacer nada) y por una extraña razón la mayoría de ellas quería tener algo con él. Oportunidades raras que él no se tomaba el trabajo de rechazarlas. Su mujer jamás sospechó nada y siguió, después de casada, esforzándose para sacar su título de Ingeniera de Minas. Lo logró y encontró un trabajo excelentemente remunerado en una mina en las serranías de Tacna, con un horario extraño: quince días en Tacna, quince días en Lima.

El haber encontrado trabajo fue una gran noticia para Miriam y también para Roberto, porque éste empezó hacer de las suyas. A toda chica que conocía le decía que es Ingeniero de Minas y que su horario de trabajo es quince días en Tacna y quince días en Lima, apropiándose del horario de su esposa de manera estratégica.

Cuando su esposa estaba en Lima, les decía a sus amantes incautas que él estaba en la mina de Tacna con el celular apagado y, cuando su esposa viajaba a Tacna, les decía que él había vuelto a Lima después de un arduo trabajo. Llegó a tener cuatro amantes a las que contentaba con regalos que inclusive para eso alcanzaba el sueldo de la esposa.

La pasaba linda y su vida dio un giro esa noche fatal en que Miriam dejó por descuido en casa su celular al salir apurada para abordar el avión a Tacna. Entró una llamada, y él aplastó la teclita verde y no dijo una palabra, pero escuchó la voz de un hombre: “Amor, no digas nada, estoy feliz porque sé que esta noche estarás en Tacna de nuevo. Quince días sin verte es un martirio” y cortó.

Roberto se puso verde.

Al rato, le entró una llamada a su celular. “Por favor, Roberto, olvidé mi celular. Te ruego que lo apagues y lo guardes. ¿Nadie me llamó, verdad?”. “No, no llamó nadie”. Roberto entonces investigó día y noche herido en el alma de quién era aquella voz y descubrió que su esposa vivía con otro hombre en Tacna cerca de la mina a quien le decía que cada quince días debía venir a Lima para cuidar a su padre desamparado.


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