Ese torito de ojos tristes

A la niña Nancy Alarcón le causaba una pena inmensa ver al torito de ojos tristes intentando escapar de una jaula de madera, cada vez que iba a un establo de Surco a comprar leche fresca, a pie, desde Barranco.

| 13 octubre 2011 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 894 Lecturas
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—Señora por qué tiene a ese torito enjaulado como si fuera una gallina.

—Es muy peligroso, hija, además ya no hay espacio. Ahora quieren urbanizar todo.

Nancy Alarcón se demoraba en volver a casa, porque en el camino se distraía pensando en los ojos familiares del torito. A veces, se le metía la idea de llevárselo a su casa.

—Mamá, hay un torito de ojos tristes en el establo y me gustaría traerlo aquí a casa.

—Ay, hija, las cosas que se te ocurren.

Nancy Alarcón tenía en aquel tiempo 10 años de edad. Ahora tiene 40 y ayer ha vuelto donde estaba el establo. Edificios multifamiliares han desaparecido ese lugar y no hay ya ni un rastro, ni siquiera imaginario, de aquel torito.

En las calles hay niños jugando a darle vida a las piedras; niñas aprendiendo a montar bicicleta; nada por ningún lado de aquel establo, donde la niña Nancy Alarcón compraba leche fresca pensando en su padre.

Cuando volvió a casa le contó a su esposo.

—Estuve en Surco hoy, de casualidad.

— ¿En serio?

—De verdad y adivina qué.

—Ya sé, te sentiste triste porque recordaste cuando eras niña y un torito tenía…

—No te burles. ¿Acaso tú no te has encariñado con un gato o un perro? Yo me he encariñado con el torito, pues.

—Perdóname, ¿y por qué te conmovía tanto los ojos tristes del torito?

—Es muy raro; pero ese torito tenía la misma mirada de alguien a quien quise mucho.

—No entiendo.

—No te conté esto antes por miedo o no sé qué. Lo que pasa es que ese torito…

—Dime.

—Papá murió cuando yo tenía ocho años de edad. Casi murió en mis brazos. Yo vi cuando me miró por última vez. Tenía unos ojos enormes y cuando los cerró para siempre yo le pedí a Dios que me devolviera a mi padre al menos con una señal. Cada vez que miraba los ojos tristes de ese torito sentía que estaba viendo los ojos de mi padre. Ay Dios, la muerte de mi padre me duele todavía. Es un dolor horrible. Nadie que no ha perdido a su padre sabe de este dolor inmenso.


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