Ese día que desquicié al abuelo

Todos los días después del suculento almuerzo de mamá, aquel verano de hace como 20 años, el abuelo y yo reposábamos, uno frente al otro, en la sala amplia de ventanas abiertas.

| 28 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
1021

Cierto sábado de abril, el marasmo de las tres de la tarde tumbó al abuelo en un sueño prolongado de ronquidos estentóreos que espantaban a las moscas y no me dejaban dormir .Tenía yo, en aquel tiempo, ocho años de edad y cuando la gente me preguntaba “¿cómo es tu abuelo? decía: calvo y con un lunar inmenso en la cara al lado izquierdo de su nariz.

Los ronquitos del abuelo eran cada vez más fuertes y desesperantes, entonces, saqué de mi bolsillo una liga que me servía para los juegos de guerra con los amigos de mi edad. Hice una bala de papel tan poderoso como un misil y apunté al lunar. Disparé con todas mis fuerzas y me salió tan desviado el tiro que maté una mosca que parecía cubrirse las orejas sobre la foto de bodas de mis padres en la pared. Preparé otro misil aún más poderoso y apunté mejor, con todas las mañas que había aprendido en mis años infantiles de guerrero cangallino, pero no le di al lunar, sino a su ojo derecho y el abuelo, como un demonio, saltó del sueño como de una pesadilla insondable.

“¡Chibolo de mierda!” gritó y se cuadró como toro andino y bravo con sus ojos endiablados dispuesto a dejar a su hija sin su hijito flaco. Me tiró su bastón y casi me dio en la cabeza; y luego me lanzó sus botas como de dos kilos cada una. Me persiguió para cazarme llevándose de encuentro la mesita al centro de la sala y una silla bien bonita que mamá cuidaba con amor; los cojines de los muebles tumbaron los platos de la mesa recién lavados cuando me agaché cubriéndome la cabeza; sin botas, me persiguió por todo el jardín sabiendo que había espinas y que estaba mojado. Quise subirme al árbol viejo que había sembrado papá, pero preferí escapar para encerrarme en uno de los dormitorios. Casi logró propinarme un cabe de futbolista cuando escapaba del jardín. En la sala, para que no me agarrara, usé como barrera el mueble más grande y di tantas vueltas alrededor de éste que quedé totalmente agotado. Al fin el abuelo me agarró ensopado en sudor y con el corazón vibrante como un sapo gigantesco. Juntos caímos rendidos en el piso, abrazados como dos ebrios confidentes. El abuelo empezó a reír jadeante mirando el techo agarrándome y dijo: “La próxima vez te mato, chibolo de mierda”.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.

En este artículo: |


...

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com

Deje un comentario