Escondidos en Ámbar

Cuando el huérfano Javier Mitma terminó la secundaria a los 16 años de edad no supo qué hacer. Corría diciembre de 1991 y nada bueno veía en el horizonte de un pueblo joven al norte de Lima.

| 17 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 970 Lecturas
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Su amigo Antonio Méndez le dijo: “Me voy a Ámbar, en Huaura, está cerca y allá al menos hay para comer si trabajas. Allí vive mi familia y si quieres puedes venir conmigo”. “En realidad, nada tengo que perder. Gracias, amigo. Acepto. Vamos”.

Tomaron un ómnibus de la avenida Abancay hasta Huacho y luego hasta Ámbar, un valle hermoso, lleno de vegetación y frutas, en cuyas alturas inclusive puede tocarse las nubes que se mueven como algodones.

Cuando llegaron, vieron que todos los habitantes del pueblo escondían a sus hijos adolescentes, ante el temor de que los encapuchados y armados subversivos bajaran repentinamente de los cerros para integrarlos a su “ejército popular”.

“Hijo, Antonio lindo, para qué has regresado. Todos los chicos están escapando a Lima y otros están escondidos en los cerros, y todavía traes a tu amigo. Hijo lindo, debes esconderte hasta que ellos se vayan. Dicen que bajarán de las alturas uno de estos días, para llevarse a todos los chicos”, le dijo su madre a Antonio y se puso a llorar. “No llores, mami. No pasará nada. Estaremos bien. Hemos venido porque la cosa en Lima está brava, mami. Aquí al menos podremos comer”.

La noche de aquel día, Antonio y Javier, por disposición expresa de los padres del primero, se escondieron en un cerro de Ámbar, cerca de unos matorrales, en una especie de cueva escondida entre la vegetación. “Estoy dejando comida de sobra para una semana. Quédense aquí que estarán seguros hasta que se vayan los encapuchados. Yo vendré a recogerlos. Esperen. Esperen. No vayan a bajar”, dijo la madre de Antonio. Pasó un día, dos, tres, una semana. Pasó nueve días y Antonio y Javier bajaron y encontraron a un Ámbar desolado y triste, con una soledad espantosa; y viejitas en la puerta de la casa llorando por la muerte de los padres de Antonio.


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