Encuesta ocultada

Como ningún periódico lo ha reseñado, pues aquí va el resultado de la encuesta que acaba de hacer la Universidad de Lima en relación a esa ceremonia depravada que algunos llaman “fiesta taurina”.

| 23 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
1547

Resulta que el 73 por ciento de los encuestados en la ciudad de Lima rechaza esa barbarie y sólo el 27 por ciento la aprueba.

O sea que la aprobación a “los toros” está en el mismo nivel que la popularidad del presidente de la República.

Además, como lloriqueaba un cable, un 67 por ciento señaló que aquella infamia no puede ser considerada “una fiesta nacional”.

Qué decepción para los cuchilleros vestidos de bermellón y oro.

¿Y ahora qué hacemos?

¿Qué le decimos a alias El Juli y a alias El Cid?

Por lo pronto, como dicen que vivimos en democracia, el alcalde del Rímac debería cuadruplicar los impuestos al uso del camal de Acho y quintuplicar el porcentaje ridículo que hoy cobra por cada entrada. ¿O es que recibe algún estipendio subrepticio?

Porque ese 73 por ciento de asco y condena debería ser tomado en cuenta.

¿O es que las mayorías no significan nada?

Mi insistencia en el tema viene de lejos y se emparenta, de algún modo, con aquellas creencias orientales sobre la transmigración de las almas.

Vishnú, uno de los dioses del hinduismo, fue primero un pez, después una tortuga, más tarde un jabalí y, por último, un león con melena y todo.

Pero este amor por los animales también procede de San Francisco, quizá el mayor personaje del cristianismo después de Cristo. Porque “el mínimo y dulce” Francisco de Asís –los adjetivos son de Rubén Darío- estaba convencido de que los animales eran hermanos del hombre y hablaba de la hermana paloma y del hermano lobo.

Lo que muchos cristianos no saben es que el cristianismo es zoofilo y que esa doctrina fue expresada por Cristo el llamado Jueves Santo, cuando ordenó a su grey la fraternidad humana en la divinidad y la supresión de los sacrificios cruentos de animales.

No hace falta recordar que el Papa San Pio V promulgó en 1567 una bula anunciando la excomunión de los príncipes cristianos y jerarcas eclesiásticos que toleraran “estos torpes y cruentos espectáculos

más de demonios que de hombres...”

Es cierto también que la España negra presionó, con el infame Felipe II a la cabeza, y que, al final, el Papa Clemente VIII levantó la prohibición sin dejar de condenar el espectáculo.

En España, sin embargo, para honra de los llamados grandes, fue el conde de Bailén quien en 1960 fundó la Asociación contra la Crueldad de los Espectáculos.

Bailén recordaba que fue San Prudencio, Obispo de Calahorra, quien convenció al emperador Honorio, en el año 404 de nuestra era, para que aboliera la salvaje lucha de los gladiadores. Y se preguntaba si algún obispo podía hacer algo respecto de los toros.

En este rechazo visceral a la crueldad que quiere ser arte y al salvajismo que aspira a ceremonia han estado españoles como Ramón y Cajal, Manuel Machado, Gregorio Marañón o Jacinto Benavente.

Ni ibérica resulta ser del todo esta bestialidad. En Creta, hace 3,000 años, a algunos hirsutos se les ocurrió que los bueyes podían ser meneados y aporreados.

El famoso antitaurino Santiago Esteras Gil, de cuya pluma procede buena parte de la información de esta columna, cita esta frase de Virgilio: “Hay que respetar el dolor que no tiene palabras, el derecho que no tiene defensa”.

Y cuando Lawrence Grobel le preguntó a Marlon Brando, en una legendaria entrevista, qué era lo que más le repugnaba, el gran actor respondió sin miramientos ni modales:

“Las corridas de toros. Me gustaría ser el toro, pero con mi propio cerebro. Primero, me concentraría en el picador. Luego perseguiría al matador. No, me le acercaría hasta que se ensuciase el calzón de miedo. Y le metería un cuerno en el culo y lo haría desfilar alrededor de la plaza...”


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...

César Hildebrandt

Opinión

Columnista