En realidad nadie pensaba en el gato

Por sus ademanes raros, por sus movimientos finos y estilizados, parecía una gata de buena familia. Pero en realidad era un gato grande de buen peso y buena talla, y había llegado al barrio sin aviso previo y se había instalado en el único árbol de la cuadra, como para vivir solo, sin molestar ni ser molestado.

| 21 febrero 2013 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 539 Lecturas
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Tenía un pelaje hermoso y cuando dormía parecía un peluche digno de un regalo. Empezó a llamar la atención de la gente. La señora viuda de la casa grande pensó que podía ser buena idea llevárselo porque sospechaba que en los cuartos donde guardaba sus vestidos de tiempos pasados habían aparecido ratones. La chica nueva de la casa pequeña pensaba que a lo mejor el gato podía hacerle compañía mientras estudiaba en las madrugadas para recibirse de médico. El sibarita todo terreno de Barrios Altos que había llegado a la cuadra pocos meses antes que el gato soñaba con saborearlo en un seco con frejoles. El adolescente sin plata, uno de los nueve hijos de la familia más numerosa de la cuadra, quería llevárselo al gato como regalo de aniversario a su enamora que vivía en el otro barrio. El profesor de zoología de la universidad pública creía que podía ser buena idea mostrar el ejemplar a sus alumnos en las primeras clases de su nuevo curso. Unos serenos, que siempre están preguntando cosas, querían saber de quién era el gato, para llevárselo de noche sin que nadie se diera cuenta. El gato vivió en el árbol por algunas semanas y se fue del barrio sin aviso previo quizá intuyendo que alguien quería estropear su digna libertad.


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