En el país de los libros libres

En ese entonces, las universidades de San Marcos, la Católica y la Villarreal formaban un triangulo que tenía a la Plaza San Martín equidistante de la cultura universal. A finales de los cincuenta, el Centro de Lima era un portento con sus bares, cines y librerías –en ese orden.

| 22 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores |2.4k Lecturas
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Los tranvías cruzaban a todas partes y Lima era una ciudad ordenada y menos inmunda. No existían los frikis ni los tacu-chaufa y mucho menos La tigresa del oriente o el perreo chacalonero. Mi padre era librero, de los de viejo. Su establecimiento quedaba en el mismo Parque Universitario. Pero no era el único. A tiro de piedra se ubicaba la más famosa librería del ejido, la de Juan Mejía Baca. Más allá, la de la familia Miranda, y al costado, la de los Laguna y más lejos, la de los Rupay. Pero estaban también las grandes firmas, “La Familia”, “Época”, “Studium”, “Losada”, “Internacional”, “Moncloa” y hasta “Horizonte”. El mundo era un libro, yo apenas unas páginas por garabatear.

Aquella ciudad ha quedado perdida. No existe más. Pero las librerías se mantienen con vida a pesar de la década putrefacta del fujimontesinismo y hoy, la cada vez más atrevida derecha bruta y achorada. Desde el último jueves, la 17ª Feria Internacional del Libro de Lima sigue mostrando aquel descomunal potencial de los libreros peruanos. Esos que no venden cebiche ni preparan pisco sours ni celebran el Día de los amigos con derechos. ¿Que lo libros son un negocio? Tiene razón, señora, pero además de la ternura, brindan sabiduría aunque por ahí dicen que nos engorda. Mi novia es flaca y culta, me compenso y hasta yo presenté mi libro sobre las historias que producen los boleros: “Sabor a mí” (Mesa Redonda Editores, Lima, 2012). Historias para el amor horizontal aunque el bolero sea un murmullo rijoso para la penetración vertical.

Ya lo decía Vargas Llosa que los libros jamás iban a morir: “Es absurdo pensar que el apetito por la fantasía, los mundos imaginarios y una realidad alternativa, sólo sea satisfecho por el cine, la televisión y las nuevas tecnologías”. Yo soy un migrante digital y me apunto en las redes sociales. Qué bueno. Pero eso no me quita la lujuria que producen los libros. Un libro lo abro como a una dama, con lentitud, con esmero, con pureza (hasta donde se puede). Mi máquina digital es mi Jeep. Un todo terreno que me hace navegar mejor que un sicotrópico en los laberintos de la información. Al libro lo acaricio, a mi tablet la pateo.

Leo poesía y cuentos a cada momento. De resaca, novela. De amanecida, ensayo. Después del enganche, filosofía. Voy al baño con mi libro. Hay dos placeres. Y si es bueno, tres. La literatura es una fuente de goce. Juntar palabras, qué maravilla. Romper la trampa del fuera juego, un orgasmo. Que choque en el palo y se meta, un banquete. Y leo a mis paisanos. Que todos somos hijos de Vallejo, de Mariátegui, el bueno, de Gonzales Prada el anarquista. Y leo la última de Oswaldo Reynoso, cada vez más cuajado y peso pesado. A Isaac León, el gran “Chacho” de mi universidad, y sus crónicas de cine “Imitación de la vida”, qué buen titulo. El cine es una buena imitación. La poesía, es la vida misma.

Los libros nos hacen libres. Ese que no lee vivirá en la cárcel de la ignorancia. “La literatura es una trinchera de la libertad porque crea un espíritu crítico en los lectores y no soy pesimista respecto al futuro de la literatura”, decía MVLl. Por eso lo estimo, aunque por liberal, le doy también en el piso. Y eso viene desde que llegué al “Palermo”, nuestra cantina de La Colmena izquierda en la Lima cuadrada. Sus 22 mesas familiares, alfombradas de aserrín y tatuada por la efervescencia nocturna, albergaban casi las 24 horas del día a un conjunto que reunía a profesores y estudiantes, y a los conspicuos de la feligresía periodística, porque hasta allí llegaban, al cierre de la edición, toda laya de gente de prensa: redactores y reporteros de La Prensa, La Crónica y El Comercio, los diarios más importantes de ese entonces.

Los mozos, Broncano, Linares y Vitelio, cultísimos, conversadores, verdaderos chismosos del “bestsellerismo” de extramares. De repente se observaba en agitadas reuniones, juntos pero no confundidos, al novelista José María Arguedas y al maestro Raúl Porras Barrenechea, a los poetas Alberto Escobar y Francisco Bendezú, al estudiante de historia Pablo Macera, y al pedagogo Oscar Franco. A los periodistas Pedro Álvarez del Villar y al crítico y poeta Augusto Salazar Bondy. Al filosofo Víctor Li Carrillo y al estudiante de derecho Félix Arias Schereiber. Al sociólogo Aníbal Quijano y al narrador Eleodoro Vargas Vicuña --en el 55, recién llegado de Arequipa--, al poeta Juan Gonzalo Rose y al historiador Emilio Choy, al cuentista Oswaldo Reynoso y al crítico de cine Hugo Bravo, a las estudiantes de Letras --casi musas--, Esperanza Ruiz, Nécida Coronado y Evelina Gayoso.

Todos, jóvenes personaje de un gran fresco que podía retratar la convulsa cultura peruana de los años cincuenta, años de la férrea dictadura militar del General Odría. La mayoría, asistentes en fervorosa procesión desde el leyendoso Patio de Letras de la universidad de San Marcos.

Y desde aquella vez vivo enamorado de las palabras. Palabra derretida, palabra licuada, palabra ahumada, palabra disecada, palabra marchita, palabra cadavérica, palabra escabechada, palabra amariconada, palabra amancebada, palabra anémica, palabra ahuecada. La palabra, en 1975, estaba ahí también, dramática y equidistante entre la imagen y la escritura. Decidí entonces perpetuar el instante. Detener el devenir del sema oscilante. Fijar el grama del soplo cual relámpago, digo: aquel registro como razón pétrea de la eternidad. Una eternidad solo legible en su movimiento. Ergo: Un jean colgado en una azotea mantenía el calor embutido de las piernas de una bella muchacha. Así, el proceso literario me enfrentaba // Dicotomía 1: la realidad versus “lo real”. / Dicotomía 2: El signo autónomo contra la tautología del caudal rutinario y sígnico del hecho literario / /.

Fue aquel abordaje en el lampo creativo del soplo único, con todas sus singularidades, fue en gran medida responsable de esa práctica inédita. Y ya escribía poemas. El poema acaso como enema, hubiese dicho Dylan Thomas. La invención provocaba la conmoción estructural del texto. El método que apliqué me obligaba: a] Dar cuenta del hecho literario [Su lenguaje, la estructura, la ejecución escribal] b] Activar un mecanismo en la plataforma precisa de la realidad / “lo real” en que [por la que] se escribe y, c] Desarrollar un “tempo” en el que se revela [se versa] la operación que da cuenta de los momentos y las razones por las que aquél texto resulta ser la manifestación sígnica de éste. Esa fue mi educación sentimental. Los libros libres en el país imaginado. Mi país.

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Eloy Jáuregui

Eloy Jáuregui

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