En Lucanas y Puquio y tras las huellas indelebles de José María Arguedas

Al atardecer, el lomo pétreo de las montañas y las profundas gargantas fluviales se cubren de un intenso azul crepuscular en Lucanas. Como un apu protector de la ciudad se yergue Pula Puku, la antigua ciudad fortaleza de los Hatun Rukanas que, según la historia, eran los cargadores oficiales del Inca.

| 17 octubre 2011 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.2k Lecturas
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Pula Puku además es un mirador excepcional. Desde sus alturas se puede observar a la distancia las comunidades de San Juan de Lucanas, de Uteq y el fundo Viseca, es decir, el paisaje físico, humano y espiritual que inspiraron los relatos, los poemas y las novelas de José María Arguedas.

Siguiendo las huellas indelebles del autor de “Agua” (1935), “Yawar Fiesta” (1941), sus libros primigenios, hemos llegado a Lucanas, con el arguediano Rodrigo Montoya y su hermano Edwin, notable compositor e intérprete popularmente conocido como “El puquiano de oro”, invitados por la alcaldesa Melania Canales Poma a la celebración del primer centenario del distrito de Lucanas, creado el 16 de octubre de 1911, coincidente con la celebración del primer centenario de José María Arguedas, nacido el 18 de enero de 1911.

Luego de participar en el “I Encuentro de Integración Provincial de Comunidades Vicuñeras de la Provincia de Lucanas”, en la capital mundial de la vicuña como también se conoce a Lucanas, partimos a Puquio, sin duda el axis mundi de la vida y la obra de Arguedas.

En el Instituto Tecnológico “José María Arguedas” de Puquio, ante un centenar de estudiantes, Rodrigo Montoya analizó con profundidad la obra arguediana, reveló aspectos inéditos o poco conocidos de la vida del autor de “Los ríos profundos”, como su llegada a Puquio en 1955 para estudiar la fiesta ritual del agua, su declarada pertenencia a Puquio y su condición de lucanense de corazón, habiendo nacido en Andahuaylas.

El puquiano Rodrigo Montoya recordó su ingreso a San Marcos en 1960 para estudiar educación. Pero luego de un encuentro “que cambió mi vida” con José María Arguedas en la Plaza San Martín pasó a estudiar antropología y teniendo como guía al escritor de todas las sangres conoció y compartió el mundo de los músicos y danzantes andinos afincados en Lima.

La huella vital de Arguedas y su obra enraizada y nutrida en el hondón telúrico de la vida y la cultura andinas enriquece, ahora más que nunca, la nueva utopía andino-amazónica, con sus principios de diversidad, reciprocidad y espiritualidad, alternativos a la utopía arcaica del actual sistema-mundo en crisis terminal.

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