En el café

Los humanos necesitamos de espacios para socializar: la plaza, el café son algunos de estos lugares que buscamos y en los que nos disponemos al intercambio, a la actualización, a la opinión y a las diferencias. Hay en nosotros una constante necesidad de comprobarnos en el otro. Acudimos así, acompañados o en solitario, al espectáculo de la mostración, de las múltiples representaciones derivadas de nuestro ejercicio de vivir.

| 17 febrero 2013 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 698 Lecturas
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En una cafetería resulta interesante comprobar algunos comportamientos referidos a las diversas formas que tenemos de comunicarnos. Aquí algunos:

Madre e hijo (o hijo de su madre)

Los veo llegar a los dos, él unos cincuenta años y la madre más de ochenta y de caminar lento como pidiendo permiso y el hijo con prisa, casi arrastrando a la madre hasta sentarla a la mesa y llamar al mozo, ordenar lo que la madre va a consumir y pedir para él un café. Lo que observo desde ese llegar, instalarse, hacer el pedido y luego esperar que éste llegue y luego ver a la madre tomar a pequeños sorbos y morder a duras penas el sándwich que el hijo le pidió, es silencio. Silencio y desatención. Ni una palabra entre ellos y el hijo con el móvil hablando con terceros y mandando mensajes, todo el tiempo hasta pedir la cuenta y marcharse con la madre de vuelta ¿a casa?

Tres amigas

Llegaron alegres, sonrientes, bulliciosas, ágiles. Se sentaron y pidieron. De allí en adelante los pocos intercambios orales se daban sin mirarse entre ellas. Las tres estuvieron todo el tiempo, hasta pagar la cuenta y retirarse, sin mirarse, concentradas en el móvil y el mensaje (o los mensajes). De rato en cuando alguna de ellas reía o sonreía y por un instante pensé que pudiese ser por algo que una de ellas dijo pero de inmediato comprobé que la sonrisa era producto de lo que leía en sus mensajes. Imagino cómo se coordinó el encuentro de estas tres amigas: “hace tiempo que no nos vemos, veámonos a las 11 en el café de siempre”.

Madre con hija y amigas de su hija

Cuatro adolescentes y la madre de una de ellas, disfrutaban de sus jugos y sándwiches respectivos en amena conversación. Pude, porque eran mis vecinas de mesa, percatarme cuánto tiempo estuvieron en el café: cerca de una hora. Para mí estaba claro que las cinco tenían móviles, sin embargo, no vi a ninguna de ellas usarlo. La conversación amena y simultánea, contagiaba un clima amable que me dejó pensando en que, en pleno era tecnologica, no todo está perdido para la comunicación.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista

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