Elogio de la otra

Yo juraba que me amaba y que no podría vivir sin mí, pero últimamente lo veía raro, demasiado alegre, demasiado amable, demasiado madrugador. Podía imaginármelo sorteando a saltos los charcos de lluvia camino a casa, silbando o tarareando una vieja canción o simplemente con cara de bobo y una sonrisa al desgaire enfrentando la bruma.

| 30 agosto 2009 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores |  713 
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Como soy lorna ni se me ocurrió sospechar por qué llegaba tarde, como era que cada sábado tenía un bautizo y cada domingo un cachuelo para fotografiar una fiesta infantil.

Una llamada a la medianoche que él contestó en susurros me puso en alerta, el hombre colgó y me dijo sin mirarme “es al flaco Pérez, se le plantó el carro y quiere que lo ayude” y salió raudo cual pájaro abandona su jaula, sin darme tiempo a la repregunta.

Luego vinieron las llamadas telefónicas cortadas súbitamente, yo no terminaba de decir aló cuando el hilo interrumpía su secuencia lógica, las largas sesiones radiales de jazz arrullándolo en el mueble mientras se fumaba un cigarrillo tras otro, los ataques de pánico que lo hacían bajar de la combi presa de una angustia de origen desconocido, los silencios, los desencuentros.

Una amiga me lo contó todo pero él, como cualquier macho que se respete, lo negó todo, dijo que no, que cómo podía pensar eso de él, que jamás, pero había un tono blando en sus palabras, un dejo desvalido en su defensa, un nerviosismo visible, que acabó de un solo tiro con mis dudas.

La otra tomó la iniciativa, me contactó, dijo que quería conversar algo muy urgente, ella tenía frenillo y hablada con frases cortas y muchos ajás, peros y estés; fijamos día y hora, nos reuniríamos en un café, el mismo lugar donde años atrás el hombre me terminó de convencer que éramos el uno para el otro.

No sé si por cobarde o porque el tranquilizante que había tomado en la víspera era de verdad tan fuerte como se lo pedí al boticario, pero lo cierto es que amanecí un par de horas después de la cita.

Nunca conocí a esa otra, porque en el largo camino de la vida a una la esperan muchas otras y a veces sin proponérnoslo ocupamos ese turbulento rol, pero me la imaginaba cuerpona y joven mirando su reloj en el café, enfundada en un jean apretado y mascando chicle, súper entusiasmada con el tipo que en ese mismo momento concluía su papel de reparto en mi vida.

Hoy que hago cuentas y quiero sentir rabia por ese episodio, sólo encuentro gratitud por esa otra que dedicó sus ardores de juventud para librarme de un compadrito calentón.

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Rosa Málaga

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Crónicas pasajeras