El voto impredecible

La gran revolución de los 70 no fue la reforma agraria ni las nacionalizaciones, que tanto irritan la memoria de las derechas criollas, sino el ingreso a la política de inmensas capas de población que permanecían excluidas, atomizadas y sin conciencia de su propia fuerza. El hito que marca este cambio de situación fue la aprobación del voto analfabeto en la Constituyente de 1979, que fue sustancial para que creciera una opinión tumultuosa, protestataria e inestable que ha estado presente en todas las votaciones de los últimos 30 años.

| 01 noviembre 2009 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 450 Lecturas
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La transición de los 80, se suponía hecha para que los militares, que se habían despojado de radicalismos con Morales Bermúdez, entregaran la responsabilidad de gobierno a los viejos partidos, lo que supuso un conjunto de negociaciones y pactos bajo la mesa con quienes se creían los únicos capaces de dirigir la democracia recuperada: Partido Aprista, Acción Popular y Partido Popular Cristiano; pero esa previsión se encontró con la novedad del voto por la izquierda que irrumpió apropiándose de por lo menos un tercio del electorado y con tendencia a seguir creciendo.

Este fue el comienzo del miedo. Que se acrecentó con la victoria de Fujimori en 1990 (acuérdense como se gritaba golpe en esos días); se reavivó con Toledo en el 2000 (que traicionó sus banderas democratizadoras); y llegó al pánico con Ollanta Humala en el 2006, cuando todos los fantasmas de la política peruana: izquierdismo, nacionalismo, militarismo, populismo, antipartidismo, etc., parecieron encarnarse en una misma persona.

¿Dónde estaba el problema que hacía vivir cada elección como una apuesta arriesgada? Si se ve bien, el debate sobre el voto facultativo planteado por el presidente García que ahora anuncia que encabezará el proceso hacia un referéndum, tiene su origen en el entendimiento que la falla está en el sistema que ha abierto demasiados espacios para que corrientes populares no controladas decidan lo que le da la gana.

La constante modificación de la ley de partidos: se aumenta, se disminuye y se vuelve a aumentar las firmas para inscribirse, se acortan los plazos, etc., reflejan que estamos buscando la piedra filosofal contra los llamados outsiders, y en ciertos casos con la colaboración de algunos que vinieron del tumulto, pero que ahora se conforman con tener su lugar en lo establecido. Alguien ha vendido además la idea de que con el voto voluntario, la votación popular se restringirá, mientras las clases más satisfechas y asustadas de todas maneras se movilizarán a evitar los cambios. Algo así como que a los pobres que antes la ley no dejaba votar, ahora los restringirá el costo del pasaje.

Es una idea ilusa, que viene de no entender el país real. Pero ella debería ser aprovechada para pasar del no a Alan García, a una pregunta mayor: ¿y por qué no cambiamos de una buena vez todo lo que deba cambiarse, sin trucos, transparentemente, a través de una asamblea constituyente? Si estamos por un país más predecible, ¿por qué no dejar que las mayorías decidan libremente las componentes y las reglas del sistema político?, ¿quién se opone a eso?


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista