El no viaje de los congresistas

Algunos se preguntan por qué alguien tan educado como el canciller Roncagliolo se ha permitido desembarcar a los hasta hace unos días felices viajeros parlamentarios a la Corte de La Haya.

| 01 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 539 Lecturas
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En respuesta Mauricio Mulder ensayó una defensa indicando que los miembros del Congreso son representantes del pueblo y no se someten a la autoridad de un ministro que es nombrado a dedo y tiene el cargo prestado.

Pero lo cierto es que la determinación de que nadie viaje la tomó Víctor Isla, formalmente presidente del Poder Legislativo, en una conversación a puerta cerrada con el ministro de Relaciones Exteriores en la que terminó convenciéndose de los argumentos que Roncagliolo ya había adelantado en público.

Víctor Isla, ciertamente, es un personaje prototipo del tercer período de Ollanta Humala (agosto 2012 hasta el presente) y, como he comentado en alguna oportunidad, si se pusiera la palabra anodino en Google es probable que su rostro apareciera en primer lugar, seguido por el del primer ministro Jiménez y tras ello el propio Presidente de la República.

La anodinización del poder es un diseño político alcanzado luego de los sucesivos ensayos del plural y confuso gabinete Lerner y el represivo y derechista gabinete Valdés, y no es seguro si será sustituido por alguna otra variante, ensayo-error, en las próximas semanas o meses.

En todo caso, lo que es claro es que el Presidente de la República no quiere equilibrios o contrapesos entre los órganos del Estado y en el pequeño ejemplo del no viaje ha confirmado la opinión que le merece el Congreso.

Los apristas decían hace años que el Poder Legislativo era el primer poder del Estado, pero para serlo los ministros deberían surgir de su seno como ocurre en las democracias parlamentarias.

Aún en la circunstancia en que la mayoría estuviera en manos de la oposición esto no ha conducido a otra cosa que a una obstaculización continua con consecuencia de golpe de Estado, como pasó entre 1963 y 1968, o a la capitulación de la oposición de derecha e igualmente al golpe de Estado como se vio entre 1990-1992.

De ahí que el presidencialismo no pueda ser contrarrestado desde la Plaza Inquisición, aunque pocas veces se ha llegado a un nivel tan cercano a la nada como lo hace Víctor Isla.

Todo parece indicar que personas con protagonismo personal como Abugattás, Antauro, Diez Canseco y hasta el propio Lerner que permite a otros decir lo que piensan, sacan del quicio a Humala que prefiere una tropa silenciosa capaz de cumplir sus órdenes.

El otro lado del asunto es que el Congreso ha llegado tan abajo en la estima social y sus integrantes han hecho tan evidentes sus apetitos particulares en el ejercicio del cargo (el viaje mismo pareció un tema exclusivo de los viajeros que daban la impresión de haberse ganado un derecho que reclamaban con uñas y dientes, sin explicar los motivos políticos y de Estado de su pretensión de estar presentes en La Haya), que cada una de sus derrotas es celebrada con entusiasmo.

Esa idea de un Congreso que se investiga a sí mismo desde el día de su instalación, sancionando bien y mal a sus miembros, es casi lo único que la población puede visualizar si le piden que diga lo que hizo su representación en el último año y medio. En ese contexto, por supuesto, el Congreso es casi tan vulnerable como el del 92.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista