El valor de la lealtad

En todas las facetas de la vida, la lealtad es la base de las relaciones entre las personas, pues solo sobre ella se construye la confianza necesaria para el mejor cumplimiento de los objetivos comunes y de los acuerdos entre partes.

Por Diario La Primera | 18 ago 2012 |    

Es, qué duda cabe, el valor supremo del trato entre las personas; aquello que las prestigia, cuando la practican a plenitud, sin medias tintas y a cualquier costo, no solo por razones morales, por ética, sino también por no perder el aprecio de los demás.

Una persona con palabra, que sella un trato con un apretón de manos, y honra esa palabra, será siempre una persona confiable, con credibilidad, para nuevos entendimientos, con más y más personas e instituciones.

Ello se aplica en la vida cotidiana y en la política, en la guerra como en la paz, en el trabajo como en el hogar; en el deporte, en fin, en todos los campos de la vida.

Así, el jefe que sepa ser leal con sus soldados obtendrá de ellos la decisión de seguirlo en cualquier circunstancia y acompañarlo pese a cualquier riesgo o circunstancia; acaso de dar la vida junto a él, por honrar la confianza mutua construida.

El trabajador que sea leal con su jefe obtendrá de él también aprecio y respeto, que no serán afectados ni traicionados, porque la lealtad implica un compromiso no escrito cuya ruptura es innoble, por llamarlo de alguna manera.

Es, en fin, un compromiso de parte y parte, que tiene que ver con niveles civilizados y avanzados de convivencia, si bien parte de una actitud personal e íntima, de la formación que no haya recibido, de los valores que haya aprendido hasta el punto que sepa que tiene que llevarlos siempre.

Un deportista cuyo entrenador no sea leal hasta las últimas consecuencias, no rendirá igual ni emprenderá los retos que el técnico le plantee, ni saldrá a competir con el aplomo de quien se sabe apreciado y respaldado por quien debe ser su guía consecuente y fraterno. Por el contrario, un jugador que cuenta con la lealtad de su entrenador, lo dará todo al competir, correspondiendo a esa lealtad.

Cuando no hay lealtad, por cierto, quien ha sido víctima de deslealtad sabrá que también le ha llegado el momento de no practicarla con quien fue inconsecuente. Toda obligación con quien haya traicionado la lealtad, con quien haya deshonrado su propia palabra, habrá entonces desaparecido.

Y el desleal no tendrá derecho a reproche de ningún tipo. Porque la lealtad nada tiene que ver con la incondicionalidad.


    Arturo Belaunde Guzmán