El valor de la credibilidad

Tras la crisis de los años 70 irrumpió el proyecto privatizador neoliberal que impondría su hegemonía a escala global.

| 03 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 585 Lecturas
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Se trataba de una nueva ortodoxia centrada en la mitificación de las fuerzas del mercado, acompañada por cambios de mentalidad que indujeron el fortalecimiento de valores individualistas centrados en el consumo y la libertad de elección. Los estados promovieron activamente el protagonismo privado, traspasando a este sector las industrias y servicios del sector público. Ello ha dejado la impresión de que aquella ola equivalió a la desregulación, a una vuelta al capitalismo anárquico del siglo XIX; sin embargo, la historia no conoce tales retornos: en realidad no hubo una desregulación sistémica; antes bien, el fortalecimiento del mercado corrió paralelo a una creciente regulación estatal, probando con ello que la economía de mercado requiere un Estado fuerte. En países como la Inglaterra de Thatcher, cuya orientación siguió en lo fundamental el neolaborismo, se crearon una serie de instancias públicas reguladoras, con sólidas atribuciones y mucha credibilidad, incluyendo la evaluación de la calidad de servicios básicos como la salud y la educación (en este caso los sistemas de evaluación y acreditación). Al respecto habría mucho que decir en relación a los orígenes de la crisis financiera que ha desencadenado la actual parálisis productiva. En ello, opiniones honestas, identificadas con la ortodoxia neoliberal, como la de nuestro compatriota Mario Vargas Llosa, que ha denunciado la veta mafiosa encubierta en el mito del libre mercado, permiten ver con mayor claridad el decisivo papel de la regulación pública, que la banca de finanzas logró evadir, con las consecuencias que tenemos a la vista. Por mi parte, quiero, más bien, resaltar el componente de la credibilidad, tan importante en el papel regulador del Estado: las instancias reguladoras tenían en la credibilidad un decisivo capital simbólico que les permitía lidiar con la tendencia a la anarquía del mercado… Cuando el premier Yehude Simon dice de la señorita Ingrid Suárez que “lo importante era que es contadora” (¡como si el fraude fuera cosa nimia!), o ella misma declaraba que “Ing.” no iba por “ingeniera” sino como apócope de Ingrid, hacen estallar desde el centro del poder toda credibilidad y con ello las posibilidades de viabilidad como colectividad.

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Zenón Depaz Toledo

Opinión

Columnista