El tesoro del bandido

Claro que este es un cuento y…como me lo contaron, se los cuento. Érase un periodista de semanario, que cierta tarde conoció a un astrólogo que además, “hablaba con los muertos”, o por lo menos, así lo pretendía.

Por Diario La Primera | 22 jul 2012 |    
El tesoro del bandido

“Profesor Zoroastro” se hacía llamar y, luego de protagonizar una o dos notas del citado periódico, se entornilló como amigo de todos los redactores, con quienes compartía historias increíbles y buenos vasos de espumante chela.

Y en una de esas, al comprobar la frecuente escasez de fondos de sus contertulios, ofreció al líder del grupo, sacarlo de misio para siempre, nada menos que entregándole el derrotero de un bien surtido tesoro.

Se trataba -según dicen que dijo- del “Botín de Dominguillo”, un ex esclavo que luego de hacerse “cimarrón”, se convirtió en cabecilla de un elenco de bandoleros que “operaba” –es un decir- por los alrededores de La Tablada de Lurín y que, a lo largo de sus correrías, había acumulado un cuantioso patrimonio ilegal que a fines del Siglo XIX -tiempo sin bancos- había ido enterrando sistemáticamente en su parada final, donde dicha riqueza aguardaba a algún valiente que la devolviera a flor de tierra.

“Pero, eso sí…con mucho cuidado, pues un batallón de espíritus malignos custodia ese oro robado a sangre y fuego”, advirtió el Profe, como quien se apresura a abrir la puerta de los misterios, ya que según afirmaba “el propio Dominguillo”, hablando desde el más allá, le había revelado el secreto, que a él no le servía de nada, pues, además de astrólogo, el tío era millonario.

“Si tomas la Panamericana Sur, llegarás a un punto que los viajeros llaman ‘Cruz de Hueso’, por una enorme osamenta de ballena que está al filo de la pista. De ahí, debes adentrarte en el arenal, como quien marcha a la cordillera. Tú y quien te acompañe, deben llevar agua y algo de comer, pues desierto adentro, no hay nada de nada”, - advirtió el Gran “Zoroastro”.

“Más adelante, siempre siguiendo rumbo Este, encontrarás unos pequeños cerros llamados “Los Tres Bonetes”, pues asemejan, esos tocados que usaban los curas antiguamente. Eso, te dará la señal de que estás en buen camino. Demás, está recomendarte que guardes reserva, porque hay historias acerca de algunos que sacaron del lugar pequeños objetos de oro y fueron asesinados por policías…en fin…eso es lo que se dice”, continuó el espiritista.

“Prosiguiendo el camino, llegarás a un pequeño poblado que se llama Olleros, pues sus escasos pobladores, son ancestralmente alfareros. Si hasta ahí no te ha abandonado el valor, continuarás, hasta arribar, casi al pie de la cordillera, a las ruinas de un poblado que alguna vez se llamó ‘Pozo Seco’. Esa fue la última guarida de Dominguillo y ahí…en algún sitio, está sepultado el fruto de sus fechorías. Si sabes rezar ‘La Magnífica’ y mantener el corazón en su sitio, cuando los entes malignos pretendan asustarte… y si encuentras el punto justo… en unas cuantas horas de pico y lampa…serás rico por el resto de tu vida”,-concluyó el nigromante, que sospechosamente, desde aquel día, desapareció como alma que se llevó Don Sata.

Y contaba el periodista que, acompañado de un par de comandos que no creían en diablos, y una novia al paso que por entonces tenía, emprendió la búsqueda del famoso tesoro y, según aseguraba, llegó a “Pozo Seco” -donde efectivamente, habían restos de cabañas y un hoyo más seco que esperanza de borracho sin plata- pero, luego de buscar y buscar, encontró el entierro, luego de una noche de espantos y pesadillas que por poco remata la locura que siempre amenazó a su engreída y teatrera novia.

Los cuatro buscadores,- relata el periodista- sacaron “macuquinas y peluconas” (viejas monedas de oro, acuñadas en Potosí en tiempos de La Colonia), pero no se animaron a vivir una segunda noche, en medio de fantasmas aulladores. Y vueltos a Lima se repartieron el mini-tesoro más o menos al tuntún para luego tomar rumbos diferentes.

Añade el periodista que perdió de vista a su amada, aunque por lenguas de doble filo, supo que ella había caído en el infierno de las drogas, malgastando en eso el dinero que obtuvo por la venta de su pequeño tesoro.

Dos años después, acomedidos familiares llevaron al periodista hasta el lecho de su chica de alguna vez. Su físico estaba destrozado y había pedido verlo “antes de irse”. Y cuenta el narrador que, en medio de un delirio entrecortado, ella juraba que un fantasma negro y gigantesco, la violaba brutalmente, noche a noche y le iba arrebatando la vida, hasta convertirla en un guiñapo. Y como rubricando la historia, se arrancó al jalón, la bata de hospital, mostrando sobre el pecho, como un tatuaje gris y negro…la sonriente cara de Dominguillo.

Antes de la media noche, la chica expiró frente a un curita que dijo haber expulsado de su agonía, ciertas diabólicas entidades.

De creerle a quien lo cuenta, la mayor parte del tesoro, sigue escondida en “Pozo Seco”. Pero yo, modestamente, recomiendo a cualquier ambicioso, no jugarse con El Diablo. No olviden que según canta “Baretto”, ese pata…come candela, mi estimado.


    César Augusto Dávila

    César Augusto Dávila

    Ojo humano

    Colaborador