El terror como propaganda

Dos veces quiso negar el presidente Belaunde los brotes armados que se desataron en cada uno de sus dos gobiernos y le fue muy mal, al punto que siempre será recordado como un despistado en esta materia. En cambio Fujimori trató de revivir el peligro terrorista tantas veces como se le hizo necesario para usarlo para su reelección bajo el principio de que sólo él sabía como combatir la subversión.

| 21 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.3k Lecturas
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Ciertamente, el arquitecto pensaba que su prestigio se vería mellado si reconocía que contra su gobierno se alzaba alguna forma de rebelión política armada, de ahí su inclinación a hablar de abigeos, delincuentes terroristas, alucinados, etc. Pero esta terminología no impidió que finalmente fuera el encargado de disponer el ingreso de los militares a la represión en 1965 y luego en 1982, con las cruentas consecuencias que conocemos.

Fujimori, por su parte, asumió directamente que estaba ante un conflicto ideológico y lo enfrentó con una disputa por las masas. En 1992, la violencia armada le dio la justificación para realizar un golpe de Estado e imponer un paquete de más de 700 decretos leyes, en los más variados temas (privatizaciones, concesiones de recursos naturales, estabilidad jurídica de los contratos, topes de pensiones, despidos de trabajadores, restricciones sindicales, atribuciones de los servicios de inteligencia, penalidades, etc.), sin Congreso y sin oposición política, que luego fueron convalidados a través del llamado CCD y de Constitución de 1993.

En este mismo contexto se produjo la captura de los principales dirigentes de Sendero Luminoso y el MRTA, y la derrota estratégica de la subversión armada.

O sea la llamada guerra antiterrorista no fue ganada por la democracia como se suele decir, sino por una variante autoritaria y golpista del sistema que se articuló con la tecnocracia neoliberal y los gremios empresariales para consolidar un modelo de poder que ha regido al país durante veinte años.

Por eso cuando hay algún riesgo para ese modelo, alguien siempre se acuerda del “peligro subversivo” que permite sembrar alarma entre la gente y sustentar decisiones dizque “excepcionales”.

Ha bastado, por ejemplo, una semana de bombas telefónicas para que la congresista Lourdes Alcorta se pronuncie públicamente por regresar a los jueces sin rostro, ignorando la cantidad de personas inocentes que pagaron en la cárcel la decisión de jueces que no tenían que dar la cara por sus errores y arbitrariedades.

Y por ahí se escuchan sabios que conectan la violencia encapsulada del Vrae, con las bombas bamba en Lima y el Cusco, y las pintas del Movadef que busca inscribirse como partido político, en clara renuncia a la lucha armada, y propugna la libertad de sus presos. En un esfuerzo por autoconfundirse se pretende que todo esto es parte de un mismo plan.

Pero justamente se trata de lo contrario. Hay planes para todo gusto y la habilidad del gobernante debe probarse en la capacidad de darles un tratamiento a cada uno de ellos: primero, entender que hay que aislar la violencia de la selva y que eso no se logra enfrentando cocaleros sino separándolos de los grupos armados y el narcotráfico.

Segundo, buscando a los responsables de las falsas bombas y del terror blanco, en quienes podrían estar interesados en desestabilizar al gobierno y alimentar un clima de miedo y violencia en el país.

Tercero, evitar el simplismo en la información oficial, como el que practica el general Mora.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista