El sueño de Florentina

Fue una madre soltera a los 20 años de edad. Cuando tenía 40, su hijo de veinte años, poeta joven, declamador de versos y cantante de cabellos larguísimos, murió en un hecho confuso en un bar de Buenos Aires. Sus amigos dijeron que fue envenenado y otros, un suicidio. Nunca se aclaró.

| 18 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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Florentina, entonces, después de una lucha constante y sin suerte de cinco años por encontrar al culpable de la muerte de su hijo, vino al Perú a buscar alivio para su dolor inmenso. Alquiló un pequeño departamento en Miraflores frente al mar y al lado de un parque. Tenía el dinero suficiente para vivir 30 años sin trabajar, pero soñaba con vivir tranquila al menos un año. Nunca lo logró.

Salía a trotar al parque todos los días a las siete en punto de la mañana y sus vecinos la empezaron a llamar la mamacita de las siete. Nadie sabía a qué se dedicaba; pero todos los días a las ocho de la noche en punto, llegaba a su casa acompañada de jóvenes con cabellos largos y libros en las manos.

Un poeta sin fama que la conoció en aquellos tiempos me contó ayer que Florentina tenía la costumbre de recorrer bares, centros culturales y universidades en busca de poetas, cantantes o de declamadores de versos con los cabellos larguísimos.

—¿Supongo que lo hacía para recordar a su hijo que había muerto en Buenos Aires?

—Supongo que sí; pero Florentina, quien era una amabilísima mujer, cierta noche me llevó a su casa y me dijo: mira aquí dejo la llave.

—¿Mira que aquí dejo la llave?

—Sí y la dejó en la sala. No entendí al principio. Luego me dijo que entrara a su cuarto. En el cuarto, me entregó un libro enorme de versos de Rubén Darío. Me pidió que leyera en voz alta aquellos versos. Ella entró en su cama y se durmió mientras yo leía. Ahí recién entendí lo de la llave. Me decía “aquí dejo la llave” para que yo saliera de la casa sin despertarla. Mis amigos me contaron que también fueron a la casa de Florentina e hicieron lo mismo que yo. Ella no podía dormir si no leía esos versos.


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