El síndrome Lugo

Desde esta columna hemos mantenido siempre una visión positiva y hasta optimista sobre los asuntos nacionales, sin radicalismos ni catastrofismos que estamos seguros no conducen a nada, y hemos alentado las vías de la democracia y el entendimiento en todos los casos.

| 14 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores |963 Lecturas
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Sin embargo, no podemos dejar de manifestar nuestra preocupación cuando los problemas se agudizan, sobre todo en lo social y en lo político, y pensar que, si no los abordamos con seriedad, apertura de mente y decisión, podrían agravarse hasta extremos que nos llevan a una situación incontrolable.

No quisiéramos que nos ocurra lo sucedido en Paraguay y ciertamente puede resultar arbitrario y poco riguroso hacer una analogía entre la situación de ese país y la nuestra, pues las diferencias son muchas y muy importantes.

Pero la quiebra de la democracia en el país guaraní se ha dado con características que pueden resultarnos familiares.

Así, Paraguay eligió un gobierno ajeno a la política tradicional, al cabo de una dura campaña en la que el candidato renovador fue encarnizadamente combatido, satanizado y vilipendiado, en una gran operación de guerra sucia, mediática y política, que no pudo impedir su victoria, para lo cual se alió con un sector de esas fuerzas tradicionales, que a su vez se hicieron de los escaños del Congreso correspondientes.

Ese triunfo despertó grandes expectativas de equidad y justicia social en los estratos sociales menos favorecidos, que no fueron atendidas porque la administración elegida, en aras de ganar consenso y evitar confrontaciones, no solo se entendió con ese sector político, sino que tendió puentes a los agentes económicos, para evitar confrontaciones.

Al mismo tiempo, el gobierno contuvo las impaciencias de los sectores sociales, que presionaban por una reforma agraria.

Cuando no pudo hacerlo, esta presión derivó en graves incidentes con 17 muertos, en un incidente al parecer provocado y los políticos tradicionales culparon al presidente por los muertos y por no haber controlado las protestas.

Nadie quiere hacer analogías, pero los sectores contrarios a todo lo que signifique cambio social en nuestro país cargan las culpas sobre el gobierno, al que no dan tregua pese a que ha dado garantías de que no afectará sus intereses; no sería de extrañarse que en determinado momento, cuando lo vean agobiado por las presiones sociales, quieran encontrar la manera de hacerse del poder directamente, para manejarlo estrictamente conforme a sus intereses.

Por eso hay que tener cuidado con el síndrome de Lugo y hay que estar en guardia contra las acechanzas de los enemigos de la democracia y de las transformaciones que, apegadas a la ley, el país y la ciudadanía necesitan y exigen.

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Arturo Belaunde Guzmán

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