El señor de los caracoles

Charlaba en silencio con la soledad, en su refugio final de la Beneficencia Francesa. De vez en cuando, un reluciente Chevrolet con sus hijos a bordo, se detenía el tiempo justo para alcanzarle algunas frutas y una que otra frase convencional de saludo-consuelo en el idioma de los galos.

| 25 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
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El viejo caballero de terno marrón, chalequito a cuadros, sombrero borsalino, escarpines fuera de onda y grueso bastón de empuñadura retorcida, había sido relegado al cuasi olvido por sus prósperos descendientes.

Ellos querían que su viejo, aguardara a la muerte sin mayores complicaciones para el devenir neo familiar.

Lejos quedaba la imagen del hombre fuerte y cariñoso que alguna vez los llevó al colegio, y les organizó paseos y pequeñas grandes diversiones infantiles.

Ese que casi enloqueció buscando un médico en las noches de sus fiebres, que traía los juguetes en cada Navidad y que luchó a brazo partido con la vida –y con la muerte-, para pagarles esa universidad a la cual él mismo no pudo ir en su momento.

La vida es así, aquí y en Francia, conforme aprendí hace mucho en el Mapiri de mis recuerdos, simbólicamente cerca al palacio de la injusticia.

De pronto, el señor del cuento, empezó a recibir más visitas de las acostumbradas .Y se tornó en alguien importante e incluso, solicitado.

Resulta que en sus largas horas de ocio anciano, había descubierto el trajinar de ciertos caracoles terreros, deleite incomprensible de los gourmet franceses que los llaman escargot, anda tú a saber porqué.

Y el hombre, empezó a criarlos.

A su tiempo, les extirpaba la vesícula amarga y los dejaba listos para sazonar el queso Rochefort, con su buen vaso de vino. Lonchecito de los exquisitos a la costumbre de Europa.

Y entonces, se obró el milagro.

Los hijos, comprendieron que no era justo que papá continuara solo, abandonado ahí, entre viejitos alucinados amén de tiesas monjas de San Vicente y lo llevaron de vuelta a casa, con su secreto caracolero y las ganancias que el negocito iba reportando en forma creciente y prometedora.

Ignoro el final de la historia, pero desde entonces –y son largos los años- cada vez que alguien me habla de su temor a la vejez, o la esperanza que ha puesto en sus hijos, no puedo impedirme recordar la sabia y maravillosa lección que me obsequió el señor de los caracoles, sin haberme dirigido nunca la palabra.

Dios lo tenga en los jardines de la Gloria, rodeado de caracoles o cualquier otro animalito rebosante de gratitud, cariño y respeto por los viejos.

Y quien no crea mi historia que le pregunte al Diablo, que por rejugado y recontraviejo, se las sabe todas o… casi todas.


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César Augusto Dávila

Ojo humano

Colaborador