El señor H

En Yurimaguas, durante sus vacaciones, le fue muy mal al señor H, a quien sus amigos le dicen “el hombre con suerte” porque las mujeres de todos los tamaños y todos los colores lo persiguen como si fuera el último varón de la tierra. Siempre anda rodeado de ellas y él, a veces, alardea de ese don entre sus amigos que lo admiran: “A mí, me puede faltar plata, me puede faltar todo; pero jamás me faltará una mujer”.

| 17 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 752 Lecturas
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No es que en Yurimaguas le fue mal porque le faltaron mujeres, al contrario, le fue mal por causa de una de ellas.

El señor H viajó a la selva con su enamorada, para pasar unos días en la tierra de los ancestros de ella. Tiene 26 años de edad. Es cetrino, de ojos tristes y cabellos desordenados por el viento. Dice las cosas precisas que las mujeres esperan escuchar y calla en el momento preciso en que las mujeres esperan que las escuchen.

El primer día de sus vacaciones, ya en Yurimaguas, salió del cuarto del hotel en busca de las chicas de la zona dejando a su enamorada dormida por el ajetreo del viaje y en la plaza de esa ciudad selvática las chicas se acercaban al señor H en busca de aventuras pasajeras. En cuatro horas de la mañana tuvo dos encuentros fugaces con dos señoritas que parecían que se habían escapado de un instituto privado de la zona.

Cuando volvió al cuarto, su enamorada no sospechó nada. Es más, le dijo con esa ternura de las mujeres buenas: “Descansa, papi piraña, debes estar exhausto por el viaje”. Ese día, el señor H durmió toda la tarde y soñó que un alacrán iba morderle la mano y se despertó asustado.

—Tranquilo, papi, es solo un sueño. Cámbiate que tenemos que visitar a mi prima —le dijo su enamorada.

El señor H no quería ir, porque sentía que algo malo iba a pasar. Cuando llegaron a la casa, la prima de su enamorada era una de las chicas con quien se había encontrado en la plaza. La visita fue tensa y empeoró cuando la prima habló en secreto con su enamorada. El señor H pensó en lo peor.

Ya en el cuarto, su enamorada estuvo tranquila. Jugaron en las canchas del amor y el señor H estuvo feliz. Pero cuando se durmió, ella lo amarró a la cama con la boca sellada para que no gritara por los golpes; y cuando llegó su prima al cuarto, juntas lo agarraron a varazos hasta dejarlo inservible como hombre. Nadie sabe cómo salió de aquel hotel. Hace unos días lo vieron en una silla de ruedas en la puerta de su casa.


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