El segundo fujimorismo

Cuando la señora Keiko Sofía Fujimori sea elegida por las turbas indescifrables que amaron a Odría y convirtieron en paradigma a la Perricholi, el Perú, acusado injustamente de ser un país voluble e impredecible, habrá encontrado por fin su destino.

| 14 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 2k Lecturas
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Ese destino será el que siempre soñó el padre de la señora Keiko Sofía Fujimori: una letrina que expida pasaportes, un reino personal donde robar sea un verbo intransitivo, matar una urgencia médica, mentir un mandamiento invertido, traicionar una levedad y despreciar al prójimo una segunda naturaleza.

Es decir, la obra inconclusa de Alberto Fujimori podrá ser terminada. Cuando esa obra fue interrumpida por el accidente del video Kouri-Montesinos y el despido arbitrario de Montesinos de las planillas de la CIA, el Perú ya se perfilaba como el hedor nacional más consistente de Sudamérica.

En esta Segunda República Fujimorista que presidirá Keiko Fujimori, todo volverá a ser como era antes de septiembre del año 2000: un lodazal sin Constitución.

Y, claro, Basura Cáceres volverá de Puno, Constitucionalista Beodo resucitará de entre los muertos, Joy Way será nombrado presidente de Mitsui, Daniel Espichán será procurador y Saravá dará la cara como el vocero del infierno que es.

Héctor Faisal reimprimirá “La Repúdica”, los Wolfenson se sentirán los Murdoch, Vicente Silva y Jorge Morelli serán las estrellas de la red y el cable y Fernando Vivas dirá que, “aunque todo parece discutible, esperemos a ver cómo nos va”.

Desde el fondo del alma del Perú atávico, los arrodillados agradecerán y los tullidos de espíritu vitorearán. Desde el misterio de la esclavitud autoinfligida –que es la clave de nuestra historia-, las cervices dobladas y las voces ocultas llenarán la Plaza Mayor para exigir más autoridad y menos democracia, menos Congreso y más arbitrariedad, menos dignidades y más bala.

Una Laura Bozzo operada por una junta internacional de cirujanos plásticos volverá a conectarse por teléfono con el cien veces amnistiado Vladimiro Montesinos para pedirle audífonos para un sordito, sillas rodantes para una selección de basquetbolistas hemipléjicas, dinero en efectivo para una madre que va a ser desalojada “de su precaria vivienda”.

Los Crousillat regresarán al Cuatro, con Lúcar a la cabeza, y harán mucho dinero convirtiendo en teleserie interminable “la odisea judicial que padeció el patriarca Alberto Fujimori”, con el auspicio, desde luego, del BCP y de Alicorp.

Volverán los tiempos de la salita, pero esta vez sin cámaras ni equipos de grabación sonora. De modo que será el fujimorismo perfecto: sin testigos ni huellas ni actas ni recibos.

Carlos Raffo será, por supuesto, ministro del Interior. Y los hermanos Levi, junto a los hermanos Winter, serán parte del directorio del Banco Central. Y Raúl Modenesi cocinará en Palacio tras la muerte inexplicable de Gastón Acurio.

Una niebla de miedo volverá a hacer difícil distinguir quién camina a nuestro lado y la estatua de don Miguel Aljovín, el profeta del pánico, será inaugurada en la Alameda del Corregidor.

La derecha volverá a respirar tranquila porque ya no necesitará de conversos siempre desconfiables como el igualado de García. Su sicario favorito gobernará detrás de Keiko y la derecha tendrá el viento a su favor y los tanques a su favor y las licitaciones a su favor y las mugres presupuestívoras a su favor y los decretos de urgencia secretos a su entero favor.

La mirada turbia del nuevo régimen se orientará hacia Bagua. La selva en su conjunto, ya no como región sino como formación geológica, será troceada y rematada a inversionistas piratas de todas las banderas (con indios incluidos) y el antiguo cuerpo policial de los Sinchis será reconstruido para imponer el orden y la paz “que la República tanto necesita”.

Las 200 millas serán denunciadas como obstáculo para la paz (Japón exigirá que sus flotas pesqueras puedan llegar hasta La Punta), Ramón Castilla será desfigurado por los nuevos historiadores, Juan Carlos Hurtado Miller será, por fin, alcalde de Lima, Roberto Huamán Azcurra será viceministro sin cartera y Martin Rivas, excarcelado hasta la redundancia, será jefe de la Dirección Nacional contra el Terrorismo.

Restituido en sus cargos con todos los honores, Nicolás Hermoza Ríos aceptará, en un gesto de humildad que la prensa llamará “sin precedentes”, el flamante cargo de Jefe de Logística, Compras y Abastecimientos de las Fuerzas Armadas.

La II República Fujimorista hará que la primera parezca un trémulo ensayo. Con la experiencia adquirida, hasta Gilberto Siura podrá encadenar tres frases con sentido. Y al final de esos largos años dinásticos, el Perú se parecerá a la utopía del fusilado “Flaco Larry”: un sálvese quien pueda polvoriento, un asalto sin término, una de vaqueros en el “Omnia”.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista