El retorno

Mofletudo, con la barriga cada vez más abultada, encanecido, Andrés ha vuelto a la casa de madera de su barrio de siempre, después de tantos años de ausencia.

| 14 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 555 Lecturas
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No es una actitud de arrepentimiento ni una forma de retorno a una familia abandonada, no, es un regreso a la soledad, pues Andrés ha sido siempre un hombre sin compañía que ha visto pasar en aquella casa su niñez sombría sin madre, su adolescencia encabritada con padre rudo, parte de su juventud sin rumbo conocido.

Dejó la casa cuando cumplió 30 años de edad para dedicarse a un mal trabajo al otro lado de la ciudad. Sin embargo, ha vuelto, cansado de la vida y sus circunstancias, pero con el alivio de que no volverá a realizar la labor a la que le ha dedicado cinco años sin freno de su vida triste. La casa ha perdido sus colores naturales, su atractivo especial de las mañanas; el jardín ahora es un nido de roedores; el techo parece un escudo de guerra que ha perdido varias batallas contra el sol; la puerta espera que alguien la abra; y las ventanas son los mismos ojos que vieron a Andrés desaparecer en la esquina cuando se fue.

—Vaya, tantos años —suspira Andrés y entra a la casa vacía de todo y se sienta en el mueble muelle donde esperaba de niño a su padre que siempre llegaba ebrio muy tarde y lo despertaba de una patada.

Nada le parece igual, pero todo lo transporta a los años pasados y se llena de recuerdos.

Desde la ventana del segundo piso mira a sus vecinos que pasan por la calle sin mirar la casa; ve a los ambulantes que no se toman el trabajo de tocar el timbre; pasa un grupo de niños que patean la puerta sin razón alguna; y desde la casa de enfrente, donde siempre ha vivido el amor de su vida, sale su corazón de siempre con una nena hermosa en los brazos acompañada de su esposo diligente.

Se siente feliz por verla de nuevo después de tanto tiempo y triste porque el hombre diligente no es él. Cree que cinco años fuera de casa han sido mucho tiempo y que no valió la pena haber trabajado tanto. “Bueno, quién entiende la vida”, dice.

Al rato vuelven con las compras del mercado el amor de su vida con su esposo y la bebita de ambos. Entran a la casa del frente felices de la vida y a Andrés le entran ganas de volver al trabajo y no regresar jamás a la casa. Pero siente que ha sido ya explotado demasiado y prefiere seguir buscando los años perdidos en su casa de madera.


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