El reencuentro

Después de un año, luego de 365 días de espera, al fin, el caballero barranquino de la triste figura tuvo la certeza de que iba a verla de nuevo en la fiesta anual del barrio, donde jamás ella, su musa especialísima, ha faltado desde que nació en el balneario que inspiró a poetas y cantores.

| 31 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 703 Lecturas
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El caballero acudió a la fiesta con su mejor terno, el corazón palpitante y la ilusión encendida por verla. Pero cuando acudió a la fiesta, ella no había llegado todavía.

Él la esperó con la mirada atenta, con sus ojos como faroles revisando todos los rincones; y en el momento menos pensado, y cuando ya se sentía derrotado, ella apareció custodiada por dos amigas, que algún día también fueron amigas suyas. Estaba vestida, como en los viejos tiempos, como una jovencita de 20 años, con zapatos negros de tacos altos, una malla mostaza ceñida al cuerpo y un saco también mostaza; su peinado de fiesta captaba las miradas de la gente y ella no dejaba de sonreír.

Él se quedó quieto, como un niñito pillado haciendo una travesura. Sabía que ella jamás iba a perdonarle sus errores, sus metidas de pata, sus insistencias de siempre. “Carajo, cómo quisiera que el tiempo retrocediera para saludarla, al menos”, pensó.

Temeroso, el caballero barranquino se sorprendió como un conejo tímido; pero luego se envalentó y se puso en medio del salón, desafiante. Ella lo vio y empezó a conversar con sus amigas.

Luego, él, con una copa de vino entre sus puntiagudos dedos se puso a temblar como una hoja seca; y así estaba, cuando súbitamente ella pareció dirigirse hacia él. Parado como un árbol deshojado no se dio cuenta que el vino se desbordó de su copa como riachuelos entre sus dedos.

Hecho un mueble, totalmente quieto, solo volvió a respirar con normalidad después de darse cuenta de que no se acercaba a él sino que se iba de la fiesta, custodiada por sus amigas adustas, como guardianas de su recato.

“Al menos te vi, mi Doña”, pensó el caballero y caminó un poco por el salón inmenso chocándose con los borrachos. Tomó algunas copas más; y se fue a su casa caminando triste y solo por las calles solitarias y al entrar en su cuarto se tiró de bruces en su cama; se durmió así, hasta que sus gatos lo despertaron de hambre con arañones en la mano.


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El Escorpión

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