El nuevo punto de quiebre

Según el diario El Comercio, las empresas más rentables del mundo están en el Perú: “las 500 empresas peruanas con mayores ingresos obtuvieron una rentabilidad de 24% en el 2011, cerca de US$ 6.300 millones según Gerens. Por séptimo año, superaron la rentabilidad de las 500 empresas con más ingresos del mundo, aunque una sola de estas —INTEL— facturó más que todas las empresas inscritas en el RVL” (Portafolio Económico, 6/09/12)”.

| 23 setiembre 2012 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.4k Lecturas
El nuevo punto de quiebre
BALANCE SOMBRÍO
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Esta noticia, sorprendente por cierto, ha pasado lamentablemente desapercibida. Sin embargo, tiene mucho que ver con lo que hoy viene sucediendo en la calle: las huelgas del magisterio, de los médicos, de los trabajadores de Essalud, etc., muestran claramente que estamos frente a una lucha social abiertamente distributiva. Dicho en términos más simples: cómo nos repartimos la riqueza que la sociedad peruana genera. Y es que, en realidad, así como se ha dicho que mientras más crecemos más peruanos se van al exterior, también se puede afirmar que mientras más nos enriquecemos menos ganan la mayoría de los peruanos.

Según el PNUD en su informe Perú: la oportunidad de un nuevo ciclo de desarrollo. Escenarios prospectivos 2012-2016, en todos estos años de crecimiento el salario no ha crecido al mismo ritmo que nuestra economía: “Es más, en la última década la parte del capital en el producto total se ha incrementado considerablemente del 59% al 63% (referido a las ganancias), mientras que la parte de los salarios ha decrecido del 24% al 22%, al igual que la parte de los impuestos, del 9% al 8%. En términos comparativos, esta distribución se encuentra entre las más extremas de la región y es la que más penaliza a la masa salarial. En economías más industrializadas y con mayor capacidad de agregación de valor, como la brasileña o la argentina, la parte de los salarios representa entre el 35 y el 40% del PIB. Incluso en economías fuertemente dependientes de la exportación de recursos naturales, y por tanto intensivas en capital, como es el caso de Venezuela con el petróleo, la parte de los salarios representa el 30% del PIB”.

Según estos datos, no es extraño que cuando Ollanta Humala asume la presidencia, según una encuesta de IPSOS-Apoyo, un 79% de los entrevistados afirmaba que le gustaría que haya ajustes tanto moderados como radicales a la “línea política económica de los últimos 10 años”. Tampoco, que el Perú, según el Latinobarómetro, ocupase un “honroso” tercer lugar (con 16%) cuando se le preguntaba a los encuestados si se “gobierna para el bien del pueblo”. Hay que tener en cuenta que el promedio regional es de 30%. Asimismo, no es extraño que los peruanos nos vayamos cada vez más al exterior en los momentos de mayor crecimiento, es decir durante la década pasada: en 1990 salieron 46,596 peruanos; en 1999: 45,428; en 2005: 165,877; en 2009: 249,491 y el año pasado, en el 2011: 272,000. Hay que hacer notar que entre el 2005 y el 2011, según datos de DIGEMIN, se fueron 735,234 profesionales y técnicos al extranjero (entre ellos casi 5,000 médicos y 13,000 ingenieros).

A estos datos podemos añadir otros que demuestran, muy a pesar del optimismo de PromPerú, que lamentablemente no vivimos en el mejor de los mundos: “En el año 2000, las exportaciones no tradicionales significaban el 29,8% del total de exportaciones. Diez años después, las mismas explican el 23%. Es decir, la década estaría marcada por una tendencia hacia la reprimarización de nuestras exportaciones” (Alan Fairlie: TLCs del Perú: Un balance. 2012). Por eso la famosa marca Perú podría resumirse de esta manera: grandes ganancias, bajos salarios y más peruanos al exterior.

Se puede afirmar, si seguimos por este mismo camino, que estaremos al final del gobierno (o antes) frente a una gran frustración, más aún si se tiene en cuenta que el 41% de encuestados respondieron que votaron por Ollanta Humala porque representaba el cambio. No está demás decir que todo ello dibuja un panorama difícil y sombrío en el mediano plazo.

Difícil porque los conflictos sociales que tienen explicaciones en la lucha distributiva o en mayores rentas y competencias para las regiones, en lugar de disminuir aumentarán en los próximos años. Sombrío por dos razones: a) porque la representación del cambio, luego de la renuncia de Ollanta Humala a encabezarla, está siendo asumida por los sectores más radicales de la sociedad como lo demuestran, por ejemplo, los conflictos internos del SUTEP y los avances de los seguidores y simpatizantes del senderismo; y, b) porque conforme no se produzca un cambio democrático la sociedad se irá haciendo más conservadora y se polarizará aún más.

Sobre esto último basta citar los ataques tanto al informe de la CVR como a sus miembros, el retroceso en materia de derechos humanos, el creciente peso de una Iglesia francamente reaccionaria que hoy representa Juan Luis Cipriani, la ofensiva fujimorista, la “cacería de brujas”, etc. A esto podemos añadir las posiciones cada vez más irracionales como aquellas que hoy vemos en algunos sectores políticos y medios de comunicación que festejan el aparente fracaso del municipio de Lima en su intento por modernizar el transporte público y el comercio mayorista. El odio contra el progresismo es tan grande, que no les importa aliarse con conocidas mafias contra la ciudad de Lima.

La pregunta que podemos hacernos, en este contexto, es si hemos entrado a una nueva fase en el proceso político que tiene como elemento central el pretender impedir cualquier intento por reformar el actual orden social, político y económico del país. Hoy la derecha ya no juega a la inmovilidad, es decir a que nada cambie, sino más bien al retroceso y, por lo tanto, a un punto de quiebre para consolidar definitivamente su hegemonía. Que no se modernice ni PetroPerú, ni los puertos; que los salarios no suban; que las empresas sigan siendo las más rentables del mundo; que no se haga el gaseoducto del sur; que el informe de la CVR vaya al “tacho de la historia”; que la PUCP pase a manos del Opus Dei; que continúen los privilegios de unos pocos; que desaparezca el progresismo así como cualquier idea o discurso de cambio en el país; que la política sea solo un acto teatral. Ese es el libreto. La gran tragedia, creo, es que toda esta operación política se realiza durante el Gobierno que prometió la Gran Transformación.

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Alberto Adrianzén M.

Disonancias

Parlamentario Andino