El profesor Caballero

En una calle feliz de Pueblo Libre me crucé ayer con mi profesor de secundaria de apellido Caballero. No recuerdo su nombre, pero no importa.

| 17 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Lo reconocí de lejos, pero él no (ni siquiera de cerca). Es que desde que dejé la secundaria han transcurrido ya más de 20 años, tiempo que parece no haber pasado por él. Lo recuerdo mucho porque en la secundaria del Víctor Andrés Belaunde, de La Victoria de los noventa, el profesor Caballero era uno de los más dedicados de la plana de profesores y yo alumno anónimo. Jamás hacía huelga y enseñaba economía, psicología, historia, cívica y otros cursos que él inventaba. Nunca descansaba, ni en los recreos. Si un profesor faltaba, él estaba dispuesto a reemplazarlo sin cobrar nada, solo por cumplir con el deber de ayudar a los adolescentes sin rumbo fijo que no teníamos la oportunidad de estudiar en el colegio privado San Norberto, cerca del Belaunde. Me gustaba escucharlo porque sentía que hablaba en serio y me gustaba que hiciera tantas cosas a la vez para ayudarnos. Cierto año, cuando el presupuesto del colegio no alcanzaba para contratar un maestro de música, el profesor Caballero recordó sus tiempos mozos y entrenó a los chicos de la banda para la marcha estudiantil de Fiestas Patrias en la Plaza Manco Cápac. No ganó ningún gallardete esa banda, pero se presentó con el profesor a la cabeza. “No se trata de ganar”, me dijo. El colegio carecía de un himno y él escribió la letra y le puso la música. Si faltaba el bibliotecario, él se encargaba de los libros y de los lectores. Me gustaba escucharlo y lo seguía a los salones donde le tocaba dictar dejando mis clases. Yo era entonces una esponja de consejos de un colegio del Estado donde faltaba todo. La educación de entonces no era mejor que ahora, porque los profesores hacían huelgas de meses enteros con justa razón, claro. Pero la protesta del profesor Caballero contra este sistema antieducación era enseñarnos todo lo que pudiera para que podamos abrir los ojos. Fue un gran maestro del pueblo. Ahora es un jubilado del magisterio que merece todos los aplausos. Ayer vi en sus ojos un brillo de un gran padre-abuelo que adora enseñarles el buen camino a sus hijos-nietos.


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