El poder de Castilla

La historia del general que firmó el acta montesinista declarando que respaldaría para toda la vida “el acto del 5 de abril de 1992” como una unánime decisión institucional y que sacaría la cara por cualquiera de sus colegas acusado de violaciones de derechos humanos en el período de la guerra interna, y que a pesar de la tormenta no ha sido capaz siquiera de reconocer su error y desligarse de su contenido, puede servir para llorar o reír (según Aldo M, la noticia le ha provocado dolor de barriga de tantas carcajadas). Al final el caso solo habla de un Ollanta desorientado buscando aliados militares para compensar la debilidad de su gobierno.

| 19 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.8k Lecturas
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Pero en medio de la batahola, lo que está pasando suavemente es el hecho de que, a cada crisis, se acrecienta el metastásico poder de la tecnocracia de Economía y Finanzas y del jefe del MEF, Miguel Castilla.

Al principio era un asunto de quedarse a como fuere, presionando con los medios de comunicación que pedían un ministro de confianza de los mercados, ofreciéndose en privado por sus buenos contactos y su disposición a trabajar con quien sea; buscando amigos en la CAF y otros organismos para que lo recomienden como buen muchacho.

Eso hasta el día en que le doblaron el brazo al presidente con la famosa frase: ¿o usted quiere pasar a la historia como el que destrozó el crecimiento y llevó al Perú a los tribunales internacionales?

Ahí, Castilla empezó a percibir cual era su fuerza y, lejos de la imagen de tardío profesor de economía de la pareja presidencial que han querido asignarle, su rol clave fue sembrarle de obstáculos el camino al gobernante para que supiera que esto de dirigir en asuntos económicos es como cuando los militares andan sobre campo minado y tiene que estar a su lado alguien que tenga el mapa de las bombas para no pisar el lado equivocado.

Más que decirle lo que hay que hacer; Castilla es el ministro de lo que no se puede hacer. Y esa es la esencia del actual continuismo y de la sopa fría en que están terminando los programas sociales en los que tanto creía Ollanta.

Pero es en el otro juego de copamiento del poder en el que Castilla está luciendo como un experto. A cada momento en que el presidente ha debido barajar nombres de nuevos ministros, el jefe del MEF se le ha presentado para ofrecerle su asesoría para conseguirse a los mejores técnicos, que nacieron para ministros económicos.

Así logró primero poner a René Cornejo en Vivienda, donde se maneja mucho dinero, y más tarde entenderse con Carlos Paredes que estaba sentado en el otro despacho de las más grandes obras. En el camino derrotó la pretensión de Burneo de sacar un ministerio de la Inclusión Social como un balance del MEF, y logró rodear a la Trivelli con toda su mancha.

De esta manera llegó al 10 de diciembre cuando voló Lerner en un pleito abierto con Valdés, y con Castilla silbando desde la tribuna. Pero la crisis, fue suya, avanzó sus piezas y colocó al nuevo ministro de Energía y Minas y nada menos que al de Trabajo. Ahora con el desastre de Otárola y Lozada (los hombres de Valdés), Castilla se ha hecho del Ministerio de la Producción con Triveño. O sea siete ministerios bajo un superministro. Y todo parece normal, como si todo estuviera volviendo a su nivel, fuera de algunos sobresaltos.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista