El placer de dudar

Es bueno dudar. Es señal de que uno está vivo. Aristóteles concebía la duda como el comienzo de la sabiduría y Anatole France propuso que había que dudar hasta de la duda misma. Las certezas pueden venir de la flojera y la inercia, de la tradición y hasta de la herencia, pero la duda siempre requiere una mente activa y una temeridad en ejercicio.

| 01 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 650 Lecturas
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Renán inventó una novena bienaventuranza en un discurso de la Academia francesa: “Bienvenidos los ciegos, porque ellos no dudarán de nada”.

Hamlet es, literariamente, el típico hombre que duda. Pero él padece de esa variante de la duda que paraliza y aniquila. Su duda es más insolvencia afectiva que capacidad de dudar. Porque una cosa es el mal de los irresolutos –que no dudan sino que no pueden elegir– y otra el bien de la duda metódica, ese gatillo de nuestro mecanismo defensivo que nos aleja de la credulidad.

No lo olvidemos nunca: la credulidad es el peor de los crímenes colectivos. Porque de la credulidad comen los que más han ensangrentado al mundo. La credulidad es el sí estúpido de los fanatismos, desde el que se cuelga de Cristo hasta el que late en la tribu que culpa a ­otra de todos sus males y arremete contra ella machete en mano.

La credulidad es el aullido de una masa hitleriana. La duda es lo que ha atormentado todos estos años a Günter Grass. La soberbia erizada de certezas es el Estado terrorista de Israel. Las dudas fueron del Mahatma Gandhi cuando dijo que no podía tratar a los musulmanes como los británicos habían tratado a los indios. Las certezas napoleónicas costaron ríos de sangre. La desconfianza de Buda en las verdades absolutas sólo han hecho más vivible al mundo. A Buda se le atribuye la mejor expresión del amor por la duda: “Dudad de todo y sobre todo de lo que voy a deciros…”

No hay nada que más repulsión me provoque que las certidumbres elefantiásicas (y, por lo general, fingidas) de los políticos. Ellos son racimos de certezas absolutas colgando del árbol de la locura. Apodícticos eran los comunistas del Marx canonizado y el Muro de Berlín justificado (con su Budapest explicadito y su Praga-68 bien callado). Hirsutos de certezas como los puercoespines son los neoconservadores, esos que creen que el gángster Dick Cheney es un empresario que sabe hacer sus cosas.

Entrar en años significa renunciar a las más prestigiosas certidumbres. Lo que no quiere decir que uno deba cambiar las certezas de ayer por los fundamentalismos de hoy, como le ha sucedido al pretendidamente oceánico doctor Alan García.

Cuando escucho hablar al doctor García, por ejemplo, voy en busca de mi revólver.

Porque el doctor García parece amenazar las corduras del mundo pontificando, como un loco acabado de imprimir por Espasa, sobre todo lo humano y casi todo lo divino.

Sabe y decreta sobre economía (escalofrío). Es el mayor experto mundial en napas freáticas. Ha obtenido doctorados fantasmas pero vigentes en Educación, Agricultura, Ingeniería de Riego y de Sistemas, Relaciones Internacionales, Sinología, Filosofía Comparada, Economía Contracíclica, Educación Cívica, Paternidad Responsable y Zoroastrismo Propio, que debe de ser su especialidad (me imagino).

Hasta cuando habló de Cuqui y Federico Danton hubo de hablar en un podio y todos le oímos tratando de darnos una lección sobre el deber de la responsabilidad. Por poco no cita a San Agustín o a Pascal.

García no tiene dudas sobre su predestinación y su enormidad histórica.

Lo que no sabe es que en algunas décadas cabrá en un párrafo del Larousse, así como Piérola cupo en unas líneas y Belaunde probablemente en ninguna. García se cree un estadista pero lo que es de verdad, y sin saña, es un virrey de la Casa Blanca. Y aunque sus sobones disfrazados de arlequín y de eco le digan lo contrario, lo cierto es que el civilismo al que sirve no lo considera uno de los suyos y no lo tratará con demasiada generosidad. Porque el civilismo es el que siempre escribe la historia del Perú.

Y todo eso le pasa a García por no dudar. Fíjense qué grave es ­eso de no dudar.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista