El pianista Víctor Merino

Víctor Merino tenía una extraña y hermosa relación con el piano. Cuando se sentaban a hacer música, uno no sabía quién mandaba en ese dúo de sonidos. A veces, yo creía que era el piano el que ordenaba a los dedos del chalaco, pero cuando me concentraba un poco parecía lo contrario.

| 29 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores |  841 
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Hacían un dúo fastuoso de compadres y a los dos les gustaba el auditorio y el aplauso; y al auditorio y al aplauso les gustaba el dúo. Había ritmo. A veces, desobedeciendo, Merino empezaba a cantar a pedido del público; pero el piano decía alto alzando la voz y seguían juntos en el camino sin perder el tren. Los dos hicieron maravillas ordenando los sonidos. No hicieron otra cosa que mejorar la canción, animar la poesía, agradar a los amigos. Merino sin piano era piano sin Merino. Fueron siameses de la música en todas sus formas y sus colores. Grandes artistas de la voz les pidieron sus servicios y quedaron bien servidos por el dúo. Viajaron juntos por los recovecos de la música, estuvieron en el Caribe y en el norte y el sur y en la amplia mar por largos años. Le entraron a todo sin miedo y con estilo. No se salvó ni la cumbia; pero eran mejores cuando adornaban con música hermosa la palabra de los verdaderos poetas. Juan Gonzalo Rose y César Lévano se alegraban con el dúo. Mario Benedetti, Armando Manzanero, Mercedes Sosa aplaudían sus sonidos selectos, como Joan Manuel Serrat y Willie Colón. Tania Libertad también, también era hincha del dúo y hoy llora la partida de Merino que ha dejado tan solo a su compañero de ruta, el piano, que está entristecido y se ha puesto su mejor traje, negro y blanco, para despedir a su compadre que se entierra hoy en el Baquíjano del Callao. Adiós, don Víctor. La música está de luto.

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