El pequeño poder de Otárola

Hay bastante para pensar con la frase del congresista Otárola: “En todo caso, en una democracia, él (Diez Canseco) debería tomar una decisión, porque Gana Perú no acepta chantajes de gente que salió de la política, de gente que estuvo marginada del voto popular y que, gracias al voto del presidente Ollanta, volvió a la política” (Programa “No hay derecho” Radio San Borja, 07.05.12).

| 09 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.8k Lecturas
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Y digo esto tratando de imaginar los votos del propio Otárola (más o menos la quinta parte de los de Javier) y la oficina de notario chimbotano que seguiría ocupando si no fuera por el arrastre electoral del candidato nacionalista.

No hay que olvidar que en Ancash, Ollanta ganó la votación presidencial y perdió la parlamentaria, en medio de tremendas peleas entre los postulantes, por lo que actualmente hay solo un representante de Gana Perú, frente a dos de Perú Posible e igual número de Solidaridad Nacional.

Pero el mayor problema es que el vocero de Gana Perú cree que la forma de mantener el lugar recibido en la lista parlamentaria es con la incondicionalidad, aun en situaciones que hieren la conciencia como ocurre con la clamorosa derrota de Kepashiato.

Otárola solo entiende que la orden de arriba ha sido maniobrar para impedir la censura con el argumento intragable de “no darle una victoria a los delincuentes terroristas”, que aún personas inteligentes de la bancada van a tener que sostener contra su conciencia y la lógica más elemental, porque le deben los votos a Ollanta.

Como dice la vicepresidenta Marisol Espinoza el país tiene demasiadas razones para sentirse indignado, ofendido por lo que ha pasado, y el primer gesto ha sido retirar la palabra “impecable”, que lanzó el hermano ministro del congresista, cuando quiso inventarse su propio Chavín de Huántar con la liberación de los 36 rehenes por sus propios secuestradores.

Entonces por qué no entender que lo que Javier Diez Canseco ha hecho es reflejar el sentimiento del país y reclamar la renuncia que la bancada debería estar pidiéndole –aunque fuese de manera reservada- al presidente, para evitar el trance amargo de la censura, que tal parece que nadie puede detener.

Muchas versiones coinciden en que el propio presidente consideró sacar a Lozada para reducir la presión sobre el gobierno y dejar para más adelante el caso Otárola. Pero el difícil equilibrio del gabinete Valdés y el juego de otros intereses fuera del gabinete le impidieron hacerlo.

Así que todo quedó en el trámite del vocero que trae órdenes de cuadrarse y que puede ser capaz de ningunear la extensa y rica trayectoria política de Diez Canseco, sin tener detrás ninguna ejecutoria propia que exhibir.

Sin duda es imposible concebir a Javier diciendo algo de lo que se dice para salvar a los ministros Lozada y Otárola. Se necesita otra madera que el vocero de la bancada exhibe sin inmutarse y que desentona cuando lo intentan la vicepresidenta, el presidente del Congreso y otros que conservan algo de criterio propio.

Finalmente, lo que no se logra comprender es el tema del “chantaje” al que alude Otárola en su filípica. Si el que tiene el poder es él, si el que hizo el proyecto de los tránsfugas para acabar con las disidencias es él, si el que ordena como votar al viejo estilo es él mismo, ¿quién podría chantajear a alguien así? Eso, mientras le dure el bastón de mando que hoy ostenta.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista