El Papelón

El verdadero Halloween se vivió este viernes en la ciudad mexicana de Guadalajara donde llegaron dos mandatarios latinoamericanos disfrazados de mosquitas muertas para hinchar por sus capitales y jugársela por ganar la sede de los Panamericanos 2015.

| 08 noviembre 2009 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 697 Lecturas
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Ambos blandieron sus respectivos floros y cargaron con su correspondiente barra brava de amanuenses, congresistas, empresarios, artistas, constructores de estadios, de pistas y zonas de esparcimiento. Para el deporte, dijeron; para la juventud, clamaron, y ambos olvidaron, al ritmo de rancheras, marineras y cumbias, entre hipos brotados de los suculentos buffet gourmet que sirve el Hilton, la realidad de sus escarnecidos países, donde si algo falta es precisamente oportunidad para los jóvenes, respeto por los ideales tempranos y una buena dosis de ubicaína presidencial.

Uno, que sueña con el glamour mundial de una trasnochada e impostada campaña antibelicista, olvidó la forma brutal con que se vive el deporte en su país, destapada hace apenas una semana con la muerte de una chica a manos de unos barristas, los tristes bolsones urbanos donde campea la droga y la delincuencia, la nada que espera a los jóvenes cuando salen de la escuela, la precariedad familiar que producen las jornadas de 12 y 14 horas cuando la de 8 horas sólo figura en viejos libros escritos por un tal Haya de la Torre, las huelgas, los conflictos, el caos, la pobreza.

El otro, que ha permitido la instalación de bases militares estadounidenses en el corazón de la tierra de García Márquez, olvidó que tiene una recua de denuncias por su cercanía con personajes vinculados a los paramilitares especializados en masacrar campesinos bajo sospecha de ser rebeldes, que ya se va por un nuevo mandato sin dar salida al tema de los secuestros y que mantiene una política de velada repre contra cualquier disentimiento, de lo que pueden dar fe los familiares de sindicalistas, curas, maestros y jóvenes opositores muertos por sicarios.

Ambos, cual querubines recién bajados del cielo, dejaron atrás sus cuestionadas performances y apostaron sus publicitadas fichas, dispusieron gastos y contrataciones, ningún dinero era demasiado, porque la sede les iba a lavar la cara, pero se quemaron.


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Rosa Málaga

Crónicas pasajeras

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