El padrastro

En una esquina triste del centro de Lima me encuentro de casualidad con Edgar Huamaní, un primo mío de quien no sabía nada hace como quince años, y no puedo creer que lleve una Biblia en la mano. “¡Hola, primo, a los años!”, le digo sorprendido. “¡Hola, qué gusto!” “¿Cómo te ha ido?” “Bien, ahora más cerca del Señor”.

| 30 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 720 Lecturas
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Edgar era uno de esos primos a quien yo, por mandato expreso de mamá, no debía acercarme mucho. Era de esos niños con graves problemas de comportamiento, que a los ocho años de edad casi le reventó la cara de un puñetazo a su padrastro, porque éste se negó a comprarle un helado. Al muchacho tuvieron que enyesarlo porque se rompió la mano.

A los nueve años de edad fue expulsado del colegio primario porque puso tachuelas oxidadas y filudas en el asiento de la profesora de educación artística, porque ella le había dicho, delante de sus compañeros de clase, que no estaba bien que dibujara a un diablo degollando al director.

Una prima lejana me contó que un 24 de diciembre, poco antes de la cena navideña, Edgar había entregado el pavo delicioso a los perros vagos de la cuadra. Sin embargo, no era un niño terrible todos los días, sino que hacía cada locura en determinado tiempo y cuando menos lo esperaban. Su mamá lloraba porque no podía hacer nada para curarlo y su padrastro, cada vez que hacía sus sonadas travesuras, le daba de alma. Algunos dicen que fue su padrastro quien le rompió la mano adrede, como escarmiento después de recibir el puñetazo en la cara por el helado.

Ahora lo veo con una Biblia en la mano como escudo y hasta parece disfrazado. “¿Y esa Biblia?”, le pregunto. “Tuve que acercarme al Señor, porque estaba tomado por el diablo” “¿Tienes hijos?” “Sí, pero ellos me tienen a mí y no a un maldito padrastro. Perdón, no es bueno hablar de los muertos. Al final, le perdoné por todo lo me que hizo” “Ya entiendo, entiendo. Hace mucho me da vueltas en la cabeza la vez que nos orinaste desde la azotea de tu casa”. “Ahora soy otro. Me he acercado a Dios porque todos, absolutamente todos, estaban en mi contra. Mi padrastro no era tan malo, pero me llegaba que supliera a mi papá. Jamás se cierra la herida que deja un padre ausente”. “Ya, pero por qué nos orinaste”. “Toda la familia estaba celebrando el ingreso a la facultad de Medicina de la prima Margarita en el jardín de mi casa, ¿te acuerdas? Yo quería estar ahí y mi padrastro, como tenía miedo de que le malograra la fiesta, me dijo no. Al final me pagó para que no bajara al jardín. Me molestó que me encerrara en la azotea por miedo a que bajara”. “Es que si no te encerraba ibas a bajar”. “Bueno, sí; pero me llegó que no confiara en mí. Pero no los oriné. Eso fue un invento de Margarita, empezó a gritar como loca pichi, pichi, pichi. Era agua que estaba ahí en una botella. Fue un vacilón. Nadie comió nada. Todos salieron corriendo de la casa. Luego fue un desastre. Cuando ustedes se fueron, me atrincheré. Quedé encerrado dos días en la azotea. Me bajaron los bomberos. Luego pedí perdón a mi padrastro y poco a poco él, con su paciencia de padre, me hizo entender que él no suplía a mi papá, que quería ser mi amigo. Cuando él murió hace ya siete años me dolió tanto como cuando perdí a mi padre”.


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