El nombre

Datrebil alaviv, son los nombres de un alumno que, orgulloso, cuenta que su padre cuando fue al registro civil a inscribirlo, iba pasadito de copas, y entonces a la pregunta ¿qué nombre le va a poner al niño? respondió con un sonoro “Viva la libertad”. Ante la negativa del registrador regresó unos días después y, ya en sus cabales, anunció que su hijo llevaría por nombres “Datrebil alaviv”, preocupándose de deletrearlos cuidadosamente para que no hubiese error de inscripción -imagino que el registrador habrá creído que se trataba de nombre bíblico-, ya que el propósito inicial de su padre se mantuvo: ¡Viva la libertad!, esta vez leído de derecha a izquierda.

| 18 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 743 Lecturas
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El nombre es un bien preciado para muchos, no sé si para todos, pero sí creo que para la mayoría. Nos gusta escucharlo una y otra vez, nos sentimos como acariciados, especiales, únicos en ese momento. Lo compruebo cuando Pámela aclara su nombre cuando la llamo Pamela o Myriam cuando la llaman Myrian, Lo hacen como de un salto, como si pensaran, me imagino, que les están negando la existencia. Así de fuerte es el nombre para cada uno. Me pregunto entonces ¿por qué es que nos cuesta tanto pronunciar el de los otros?

Me cuenta una alumna que en el estacionamiento de la empresa donde trabaja, en una oportunidad se dirigió al jovencito que lava carros de la siguiente manera: “Javier, bueno días, por favor ten cuidado con unos paquetes que tengo en la maletera” y cuando da unos pasos alejándose escucha a Javier decirle a su compañero: “Has visto a la señorita cómo me saluda, ella es mi amiga”. Es tan poco lo que tenemos que hacer para obtener tanto cada día, solo llamar a las personas por su nombre.

Algunos creen que se necesita una súper memoria para memorizar nombres y puede ser esto cierto si lo que pretendemos es memorizarnos los nombres de todo un auditorio y además hacerlo en pocos minutos. Lo frecuente es que tengamos unos pocos nombres que memorizar en cada encuentro y aquí bastará con preguntar el nombre a cada quien y usarlo de inmediato una y otra vez a lo largo de la conversación. Incluso en los auditorios grandes, lo he probado innumerables veces, el preguntar por una docena de nombres y usarlos a lo largo de la exposición consigue que sintamos y que nos sienta el auditorio más cercanos y, por supuesto, sentirse especiales a los nombrados. “Uno cuando conoce el nombre de otro parece que lo conociera más” (El sueño del celta de M. Vargas Llosa).

Existimos para los demás a partir de nuestro nombre, del reconocimiento de los demás. Sin embargo un ejemplo basta para hacernos ver cuánto nos falta en este aprendizaje: es común ver a quienes atienden público con una cartulina con su nombre o tal vez bordado en el uniforme, está allí para que lo veamos y lo usemos en la relación. Corresponde también a quien lo lleva usarlo al presentarse, informarnos de su nombre para que sepamos cómo llamarlo. Lamentablemente es común también que a pesar de estas presentaciones pareciera que no nos es fácil llamar a las gentes por sus nombres, o los ignoramos olímpicamente o usamos alguna voz como: “chico, joven, niñita, etc.”. Así que tómese el tiempo de averiguar el nombre de quien lo atiende y úselo, comprobará y hará la diferencia.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista