El milagro de mayo

Voy a visitar la penitenciaría estatal de Oregón, y estoy recordando la primera vez que los presos latinos de ese centro me invitaron a visitarlos hace ya 15 años. Querían que les leyera algunos relatos de mi libro “Los sueños de América”, y claro que acepté.

| 19 mayo 2013 08:05 PM | Columnistas y Colaboradores | 3.8k Lecturas
El milagro de mayo

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Poco antes de entrar en la zona carcelaria, me esperaba una pequeña sorpresa: un guardia me avisó que no podía llevar el libro conmigo porque no lo había declarado con anticipación debida.

Por eso, mientras atravesaba una docena de puertas inexpugnables, no terminaba de pensar cómo salir del paso con esa extraña lectura sin libro.Otra sorpresa me esperaba cuando ya estaba entre los presos.

El recluso que coordinaba me contó con entusiasmo que, al conocer mi aceptación, había invitado también al resto de la población carcelaria, y por lo tanto la charla tenía que ser en inglés.

La cosa se complicaba porque, además de desconocer el nivel de escolaridad de mi público, aquél resultaba ser más complicado y multicultural del que yo esperaba.

Sus dramas personales eran infinitamente superiores a cualquier texto que yo pudiera escribir, leer o improvisar.De repente, en el proscenio, me llegó la idea.

Les dije:–Por favor, cierren los ojos y concéntrense.

Caminen por su memoria.

Traten de alcanzar el recuerdo más antiguo de su vida.

Recuerden una escena familiar o algo que ocurrió cuando ustedes tenían cuatro, cinco o seis años de edad.

Por favor, cierren los ojos…Obedecieron, y un minuto después comenzó el milagro.

Entre los hombres que me escuchaban habían algunos de aquellos que se califica de alta peligrosidad.

También habían algunos “lifers” que iban a pasarse el resto de la vida entre rejas.

Los había de todas las edades, pero con los ojos cerrados y vestidos todos con blue jean y camisa celeste, me parecieron una formación de escolares uniformados o un montón de niños sufridos y desamparados.Les había dado tres minutos para concentrarse, pero pasaron cuatro, cinco o seis, y ni ellos ni yo podíamos continuar.

Tenían la cabeza inclinada como si rezaran.

De pronto un preso enorme no pudo contenerse y comenzó a gimotear.

El hombre que estaba a su lado lo escuchó e hizo un intento de corearlo, pero no continuó porque también él estaba llorando.

En uno y otro lado se repetía la escena.

Quise saber qué pensaban los guardias, pero solo uno me miraba y también tenía los ojos enrojecidos.

Mayo es un mes de milagros.

En todo el mundo, los trabajadores salen a las calles para recordar que por encima de todas las oscuridades, la justicia y la solidaridad prevalecerán porque pertenecen a la historia humana.Mayo es también el mes de María.

Uno de los más bellos poemas que he leído -el “Soneto del dulce nombre”- dice que: “Si el mar que por el mundo se derrama/tuviera tanto amor como agua fría/se llamaría por amor, María./Y no tan sólo mar como se llama.”Mayo, todo el mes y no solo un domingo, es el mes de la madre.

Por eso, yo entendí qué es lo que estaba ocurriendo en el corazón de mis amigos de la cárcel.

Es decir, a quién estaban recordando en el lado más antiguo de su corazón.Mayo, aquí, en el hemisferio norte es el mes inaugural de la primavera.

En Oregón, es el tiempo de las cerezas y también el de los incandescentes tulipanes.

Por eso, esta tarde visitaré a mis amigos de la cárcel.

Más que en cualquier iglesia, recordaré con ellos que la solidaridad y el amor forman parte de la condición humana.

Con ellos, otra vez, cerraré los ojos y pensaré en mi madre.

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Eduardo González Viaña

Crónica

Colaborador