El miedo, la razón y las elecciones municipales

Las elecciones son uno de los componentes esenciales de la democracia, los otros son el buen funcionamiento del Estado de derecho, el ejercicio de las libertades y el goce de los derechos humanos.

Por Diario La Primera | 30 set 2010 |    

El uso del miedo es ajeno a las buenas prácticas democráticas y en sí mismo es una expresión del autoritarismo, del pensamiento totalitario, dirigido a influir en la conducta electoral a través de una coerción psicológica sobre el elector. Invocar el miedo es una decisión racional, contraria los valores democráticos, que busca activar conductas irracionales en el ciudadano o el elector con la intención de influir en su voto, en función de la defensa de determinados intereses.

En lo institucional el recurso del miedo como instrumento de la acción de gobierno es propio de los regímenes autoritarios y de las dictaduras, de izquierda o de derecha. En lo colectivo o social es un recurso antidemocrático que se origina en el rechazo a la posibilidad que movimientos sociales o fuerzas políticas distintas se expresen dentro de los márgenes de libertad y asociación política que la democracia garantiza a todos los ciudadanos. El ejercicio colectivo o institucional del miedo -que históricamente ha llevado a la agresión física o la eliminación de la fuerza política oponente para rociar el miedo socialmente- lo ejercen estructuras políticas de vocación y práctica autoritaria que rehúyen al debate de ideas y valores. En lo individual el recurso del miedo lo ejercen determinadas personas de pensamiento único que no admiten la idea del otro y por ende no respetan al otro. El recurso al miedo es la expresión radical de quienes tienen -en su propio sistema de ideas y valores- la enorme debilidad del pavor frente al éxito, el reconocimiento o la legitimidad social de las ideas y los valores que suponen contrarios o alternativos a los propios. Es el caso del recurso al miedo por el miedo a las ideas de los otros.

Traducido esto hacia las conductas políticas se trata de un pensamiento en esencia antidemocrático, de tendencia autoritaria, excluyente, contrario a los valores de los derechos humanos y aquellos propios de las sociedades democráticas. Es, ciertamente, una expresión del irracionalismo en la política. La razón y la razonabilidad son aptitudes inherentes a una visión humanista y al ejercicio democrático del poder.

Como ha señalado Al Gore “…las naciones triunfan o fracasan y definen su carácter esencial según el método que utilicen para desafiar a lo desconocido y afrontar el miedo. Depende en gran medida de la calidad de su liderazgo. Si el líder explota los temores del pueblo para encaminarlo en direcciones insensatas, el propio miedo puede convertirse en una fuerza desencadenada que se autoperpetua, que consume la voluntad de la nación y debilita el carácter nacional, además de desviar la atención de las auténticas amenazas y sembrar la confusión acerca de las verdaderas decisiones que toda nación ha de tomar de manera constante sobre su futuro”.

Esta reflexión es aplicable a las elecciones municipales del 3 de octubre. Se quiere ejercer contra Susana Villarán la estrategia del miedo. Asustar a la población azuzando argumentos irracionales. Ello lesiona el proceso electoral. Pero para la buena salud de los valores de la aún emergente democracia peruana, todo parece indicar que la autonomía conceptual del elector –probada ya varias veces– derrotará a la estrategia del miedo y elegirá a la nueva alcaldesa por su programa y su capacidad de generar confianza. De ser así, Susana Villarán tendrá después el desafío de ser la alcaldesa de la confianza.


    Manuel Rodríguez Cuadros

    Manuel Rodríguez Cuadros

    Opinión

    Columnista