El mal de la traición

Es una pena que el mal de la traición sea tan generalizado, algo de lo cual, por supuesto, el Perú no está exento; sobre todo, en el turbio mundo de la política, cuando esta no es entendida como lo que debiera ser, un servicio altruista y sacrificado a la comunidad y no un instrumento de ambiciones personales e intereses bastardos.

| 01 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 744 Lecturas
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El mal del puñal bajo el poncho está llegando a extremos tales en nuestra política criolla, que se han hecho recurrentes los casos del serrucho al propio correligionario, hasta el extremo de desestabilizar, dañar o inmovilizar a gobiernos regionales y municipales.

Son muchos los casos en los que, por ejemplo, un candidato a presidente regional designa a un seguidor supuestamente fiel para que sea su segundo, como aspirante a la vicepresidencia. Durante la campaña, todo va bien, pues la cosa es hacer todo el esfuerzo posible para ser elegidos.

El problema es que, en no pocos casos, el vicepresidente regional, desde el día mismo de la elección, o es picado por el bicho de las ambiciones desbocadas o saca a flote la traición que tenía escondida, y se lanza a serrucharle el piso a quien lo llevó a esa posición y hace lo que sea para vacarlo, con cualquier motivo o pretexto, para quedarse en el cargo.

En ese afán, los conspiradores son capaces de unirse con quienes fueron enemigos compartidos con el presidente regional o, en provincias y distritos, con el alcalde, con tal de defenestrar al traicionado y ocupar su lugar como sea.

Una de las armas que suelen usar es denunciar judicialmente a la víctima de la artera puñalada por la espalda. Después, ponen al asunto un toque de agitación, organizando a gente que grita contra la autoridad a defenestrar y movilizando o sorprendiendo a medios de prensa, todo acompañado por abogados dispuestos a cualquier cosa por una buena cantidad de billetes.

Nos preguntamos cómo nuestra democracia puede desarrollar y consolidarse con semejantes prácticas; cómo se puede convivir sin los márgenes mínimos de confianza requeridos por una sociedad civilizada.

Es deplorable que tengamos que caminar con la traición al acecho, marcados por el estigma colonial de la ambición de riqueza como norte de quienes son elegidos para cumplir una función pública y solo buscan medrar de ello sin trabajar por el pueblo, al que deben servir por mandato de la Constitución y la Ley.


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