El libro de Guzmán

Hay una conexión profunda entre el mal gusto y el crimen. Se diría que las finezas del espíritu son incompatibles con la vocación por la sangre derramada.

| 15 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 5.2k Lecturas
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Por ejemplo, cuando Elena Yparraguirre Revoredo escribe el prólogo del libro “De puño y letra”, de su marido y funeral secuaz Abimael Guzmán, demuestra de qué modo están imbricadas su pasión por el hombre, su admiración por la muerte y su regusto por la sintaxis estalinista.

La señora Yparraguirre escribe lo siguiente en relación a su amantísimo consorte:

“En la dirección de la Guerra Popular devino: iniciándola, dirigiéndola y desarrollándola hasta alcanzar el equilibrio estratégico Jefe del Partido y la revolución. Llevó el Partido al mayor prestigio de su historia...” (Penal de Chorrillos, julio del 2009).

No es infame decir que quien puede escribir eso podría dar la orden de reventar con un camión de anfo un edificio de la calle Tarata.

Pero la señora Yparraguirre no se queda satisfecha masacrando también el idioma. Se vuelve una abogada formalista cuando lamenta que los jueces incluyeran en su caso y el de su pareja “el prescrito caso de Lucanamarca”.

¿Prescrito? ¿No es que los crímenes de lesa humanidad no prescriben?

Lo paradójico es que en ese mismo libro se transcribe una sesión del Comité Central senderista de 1985. Y en ella se puede leer lo siguiente:

“El Partido respondió golpeando contundentemente a la mesnada en Lucanamarca; esto sofrenó a las mesnadas...” (Página 22 del documento).

De modo que si cabía una duda, aquí puede despejarse: las más de sesenta víctimas de Lucanamarca, asesinadas con arma blanca por Sendero, fueron “el daño colateral” de una decisión “política”: aterrorizar salvajemente a la población rural que no “se decidiera” por “la guerra popular”. Es decir, puro maoísmo mutante. Pol Pot en los Andes.

La señora Yparraguirre pretende aparecer como una historiadora neutral cuando señala:

“...un hecho político como dirigir una revolución no puede convertirse en un hecho delictivo y necesita resolverse políticamente con una solución política: amnistía general y reconciliación nacional...”

¿Fue político el crimen de María Elena Moyano? ¿Fue político dinamitar su cadáver? ¿O fue un gesto espantosamente territorial?

¿Así que fueron políticas las 215 masacres que, según la Comisión de la Verdad, perpetró Sendero Luminoso?

Sí, fueron políticas. Pero políticas ejecutadas en el marco de una concepción criminal, intrínsecamente homicida, de la lucha de clases, del derecho popular y de la concepción misma del Estado y la justicia.

Sendero no fue una guerrilla popular. No fue la respuesta a una dictadura que hubiese cerrado las vías legales para el debate y la contienda.

Guzmán no fue Túpac Amaru ni Bolívar ni mucho menos Cáceres. Fue una obsesión cuchillera que sólo pudo prosperar en medio del atraso y la desigualdad extrema del Perú. Sendero, al revés que el Movimiento 26 de Julio, mataba al pueblo que quería salvar. Y hablaba de dictadura burguesa cuando lo que quería imponer era el cementerio de Phnom Penh.

He ojeado el libro de Guzmán –lleno de documentos procesales y pesadeces “doctrinarias”- y no he encontrado una palabra de arrepentimiento.

Al contrario, exuda orgullo y amnesia narcisista. Una soberbia patológica late en muchas de sus páginas. No es un libro histórico sino un testimonio psiquiátrico. No se merece la alharaca con la que algunos bobos lo han convertido en best seller.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista