El joven enamorado

Rosalinda abrió el diario como todos los días y leyó con cuidado un anuncio necrológico: “Los padres y hermanos de quien en vida fuera Ernesto Vásquez López,….”. Se quedó sin respiración y tuvo unas ganas inmensas de llorar. “Ernesto, Ernesto”, dijo y siguió leyendo: “cumplen con el penoso deber de comunicar su sensible fallecimiento, acaecido el 28 de junio del 2012. Su sepelio se realizará hoy en el Camposanto Jardines de la Paz partiendo a las 11:30 a.m. del velatorio de la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación, donde sus restos son velados”.

| 03 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 744 Lecturas
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Rosalinda creyó que estaba soñando porque creía que ese chico insistente, a quien había rechazado tantas veces parecía inmortal, tan lleno de vida y que apenas era una amenaza de enamorado eso de que iba a envenenarse si es que ella no le daba el sí. Buscó en todo el diario si Ernesto se había suicidado de verdad y no encontró ni siquiera una gacetilla. Buscó en Internet y nada. Ninguna señal.

Se puso a llorar como loca encerrada en el baño y se sintió asesina y culpable de la muerte de un joven que se había enamorado perdidamente de ella. Se puso su mejor traje negro y para no ser reconocida por la familia cambió de peinado y se atrevió a ponerse un sombrero de ala ancha que su mamá se ponía en ocasiones para pasar inadvertida.

Cuando llegó al cementerio Jardines de la Paz había tanta gente que no habría necesitado usar el sombrero para pasar inadvertida. Se puso al lado de unas señoras que cuchicheaban. “Esa maldita perra tiene la culpa”, escuchó y se alejó de ahí.

Le llamó la atención que no hubiera jóvenes acompañando el cortejo fúnebre y que la mayoría fueran hombres y mujeres de raza negra. Entonces se atrevió a preguntar a una señora si se trataba de Ernesto, el joven que no la dejaba tranquila y que le pedía que fuera su novia a cada rato. “Es el señor Ernesto Vásquez, profesor de filosofía de la universidad central. Se murió por culpa de la decana de dicha universidad; pero eso todavía está en investigación”, dijo la señora.

Pobre Rosalinda había sido víctima de la homonimia. Regresó avergonzada a su casa y en la puerta la esperaba Ernesto, el joven enamorado, con un ramo de rosas.


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