El infierno perfecto

Isaias Berlin es una de las bestias negras de la izquierda académica (o sea, la casi inexistente izquierda que debate y refuta sin parapetarse en los dogmas de Stalin).

Por Diario La Primera | 13 ago 2008 |    

Y es una bestia negra porque se ganó a pulso esa condición. A mí también me parecen repulsivas las posiciones que Berlin adoptó, en su momento, en relación a Vietnam o Cuba.

Que un liberal de su estirpe no condenara la bucanera intervención de los Estados Unidos en la Cuba de los años 60 resultó un escándalo. Y que un filósofo de la historia, que buscó la huella de la ética hasta en la obra de Maquiavelo, no condenara la guerra de Vietnam resultó una felonía.

Esas dos manchas imperecederas convirtieron a Berlin en un blanco vulnerable de las exclusiones y, fatalmente, lo emparentaron –dado que murió en 1997 a los 91 años- con la chusquería derechista de los Johnson, la Thatcher y los Reagan.

Pero Berlin fue mucho más que sus errores y en estos días en que hemos visto morir a Soljenitsin yo he recordado que la más pavorosa definición del estalinismo la leí en boca de ese filósofo nacido en Letonia y que hizo toda su vida intelectual en Inglaterra.

Ya sé que decir “la leí en boca” suena chirriante. Pero no encuentro otra manera de referirme a la impresión que me causó el libro surgido de la inmensa entrevista que Berlin le concedió, a lo largo de varias semanas de 1986, al intelectual de origen iraní Ramin Jahanbegloo (el mismo que padeciera 150 días de arresto en Teherán en el 2006).

Aparte de su feroz erudición, su ironía didáctica y la claridad de sus fobias filosóficas, Berlin sumaba a esas virtudes la de ser un gran conversador. Y, para mí, hubo dos momentos cumbres en ese diálogo tan nutritivo como actual.

El primero tiene ribetes kafkianos y es cuando Berlin, que salió a los trece años de la Rusia revolucionaria, cuenta cómo fue aniquilándose la pluralidad informativa que, mal que bien, le permitió al ala bolchevique del marxismo ruso crear la conciencia del cambio radical que vertebraría su programa.

En Petrogrado, adonde había ido a parar la familia Berlin huyendo de Riga, había un periódico más o menos centrista que se llamaba “Día”. Cuando el leninismo cundió, ese diario, convertido en amenazante vocero del nuevo poder, salió con el nombre de Noche”. Pero sucedió que la primera purga ordenada desde Moscú exigió, al parecer, un cambio en el cambio, así que “Noche” se convirtió en “Medianoche”. Poco después, desapareció por unos días y reapareció con el ya onírico (y profético) encabezado de “Noche profunda”. Y a los pocos días, en efecto, desapareció definitivamente.

Resulta obvio decir que en Petrogrado, en aquel 1919, la prensa se convirtió en un solo puño proletario.

El segundo escalofrío de esa lectura es cuando Berlin, después de considerar la idea de la justicia perfecta como enemiga de la humanidad e inspiradora de enormes crímenes y luego de expresar su acérrimo odio por “el monismo occidental”, define lo que fue el estalinismo. En lo que a mí respecta, no volvería a encontrar descripción más exhaustiva que la suya (tomada, en realidad, prestada de un personaje injustamente olvidado).

Cuenta Berlin que él creía, como muchos, que la Rusia soviética era un “estado hobbesiano”, es decir una dictadura derivada del Leviatán de Hobbes. Eso creía hasta que en 1946 o 47 –no lo puede precisar- conversó con Alexandre Kojeve, un ruso que se había hecho francés y que fue uno de los más grandes especialistas en Hegel.

Kojeve –que murió en 1968- le quitó la venda de los ojos. Porque le hizo comprender que lo de Stalin no tenía como fin imponer la autoridad sino, abiertamente, el infierno. Un infierno en el que todas las individualidades se disolvieran en un solo caldo de terror.

Berlin lo describe así: “Pero si usted acusa a la gente de romper leyes que no rompió, si la acusa de delitos que no cometió, de actos que ni siquiera puede comprender, acaba reduciéndola a papilla...Hobbes concebía una ley que, de ser obedecida, permitía sobrevivir. Las leyes que hizo Stalin eran tales que uno podía ser castigado por obedecerlas o desobedecerlas, al azar. No había nada que se pudiera hacer para salvarse. A uno lo castigaban por transgredir o acatar leyes que no existían. No había salvación”.

¿No es la perfecta descripción del infierno perfecto?

Y pensar que hay gente que suspira de la nostalgia recordando esos tiempos de maniqueísmo ramplón y silenciosa complicidad.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista