El honor existe

Los delitos en contra del honor no deben despenalizarse.

Eso sería rendirle un homenaje tardío al gordo Augusto Bressani, a Pepe Olaya, al dúo Wolfenson Brothers. Sería también construir un obelisco de bosta para ese argentino inmortal llamado Héctor Faisal, importado por Vladimiro Montesinos para poner su talento rioplatense al servicio de la agencia de noticias Pezuña Press.

| 19 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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Si el honor se vuelve un asunto de cuánto hay, cómo es y qué me toca, entonces el honor es que no existe.

Y lo que pasa –para pesar de algunos de los proponentes y auspiciadores de la medida- es que el honor existe.

Una cosa es que no esté de moda y otra es que el honor no exista. Una cosa es que ya nadie se bata a duelo por él y otra cosa es que el honor sea un asunto de monedas y jueces tarifarios.

Claro, en un país donde el jefazo del Consejo de la Prensa Peruana se apellida Agois y es tan periodista como Kina Malpartida es filósofa, claro, digo, es normal que en un país así se dude de que el honor exista.

En todo caso, la mejor prueba de que el honor existe es que existe el deshonor. Y el deshonor es, hoy por hoy, la cosa más difundida y famosa en la política, las finanzas internacionales, los controles del Estado y los modos y usos de muchos gobernantes.

El putañero Berlusconi, por ejemplo, es un campo de concentración del deshonor. Si no existiera el PAN mexicano, se diría que Berlusconi habría monopolizado el deshonor. De igual modo que si Bush hijo no hubiese existido alguien podría decir que la estupidez del universo se hizo síntesis en Aznar.

“Un hombre deshonrado es peor que un hombre muerto” le hace decir Cervantes al Quijote. Y cuando Francisco I, el rey culto, cayó derrotado en Pavía peleando contra Carlos V, ¿qué dijo?

Pues dijo aquella célebre frase que muchos han repetido sin merecerla: “Todo se ha perdido menos el honor”.

Y cuando Napoleón Bonaparte quiso rendirle un homenaje a Henri La Tour d’Auvergne, el casi inverosímil héroe de la batalla de Salzbach, ¿qué hizo?

Pues ordenó que en cada regimiento su nombre fuera cantado por quien pasara lista y que un recluta respondiera: “¡Murió en el campo del honor!”

Y ahora, ese honor, que la Real Academia define en primera acepción como la “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”, pretenden algunos manosearlo al punto de que sea convertible en un fajo de billetes.

Y si el honor tintinea, pues entonces no es honor.

Y si el honor existe –y existe-, pues entonces quien trate de mancharlo a través de una calumnia no puede irse al bazar de las sentencias y comprarse una multa sustituta.

Porque una cosa es el periodismo y otra la mala leche y la industria sin humos de la extorsión y del sicariato impreso o electrónico.

Desde luego que no generalizo. Porque para juzgar asuntos de honor lo primero es determinar si el que ofende es una persona de honor. Los sin honor no pueden arrebatarle el honor a nadie. Por más odio que contengan y más inmundicias que publiquen.

En todo lo demás, el Código Penal debe seguir vigente.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista