El golpe perfecto

Los titulares que después de la cita de Santo Domingo rezaban rebosantes: “Ganó Uribe” (que es también el título del artículo de Rospigliosi el domingo) me hicieron pensar inmediatamente en Fujimori y en esa necesidad de los regímenes así llamados “pragmáticos” de vivir de su aparente eficiencia y permanentes triunfos. La estrategia es el programa, es la idea de fondo que suele admitirse en sociedades abrumadas por la sensación de falta de salidas y problemas que parecen condenados a ser perpetuos.

| 12 marzo 2008 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 335 Lecturas
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Uribe ha introducido el concepto de que es capaz de vencer a las FARC, de puro terco, y que después de ese punto el país será diferente. Y para levantar la suspicacia obvia lo primero que hizo es negociar con los paramilitares, a los que todo el mundo lo asociaba. Hay un enorme contrabando en todo eso: privilegios en la desmovilización, desaparición conveniente de los principales jefes, procesos confusos a allegados de Uribe sobre el tema, conservación de grupos operativos, continuidad de asesinatos; pero internacionalmente “Varito” ha logrado poner en duda la tesis de que Colombia sufre una guerra sucia de todos lados, que es alimentada por diversos intereses: narcotráfico, hacendados, grandes empresas, fondos del exterior (en el 2007 la ayuda militar llegó a 5 mil millones de dólares).

Ahora hay muchos más comentaristas dispuestos a concederle legitimidad a la intervención de tropas del Ejército y la Policía, en la disputa de zonas, no obstante se sigan cometiendo barbaridades hacia la población civil y se llegue a violar arteramente la soberanía de un país vecino para alcanzar los objetivos. Se ha ido estableciendo una tácita aceptación de la “solución militar” que propone el uribismo, por el cansancio de guerra que se siente en todas partes. Y eso, por cierto, fue entrando en contradicción con el tema de los rehenes, que era una corriente paralela de la opinión pública en Colombia y fuera de ella. Uribe consideraba una molestia tener que responder a la presión de los familiares y de diversos gobiernos para mostrar que también le interesaba rescatar con vida a estas personas. Todas sus respuestas a los planteamientos de las FARC se leyeron como obstáculos a la negociación, y sus intentos de recuperar a sangre y fuego a los prisioneros terminaron en tragedia.

La insólita invitación a Chávez para encabezar una gestión humanitaria por los rehenes podía entenderse entonces como una maniobra política que se desestimó rápidamente cuando empezó a mostrar que podía dar resultado.

Los amigos del colombiano jamás podrán dar una explicación coherente a por qué su amado metió a su odiado en un asunto tan delicado. Y es evidente que las FARC vieron la brecha y decidieron dar paso a una liberación unilateral que parecía imposible, reforzando a Chávez en desmedro de Uribe. Éste es el contexto preciso en la víspera del bombardeo en Sucumbios. En Bogotá había la necesidad de dinamitar un proceso que apuntaba a un tipo de solución diferente a la que sostenía la popularidad del presidente.

Hay quienes piensan que los movimientos del comandante Reyes y sus contactos con Chávez, Sarkozy, la Cruz Roja, estaban detectados por Colombia y Estados Unidos desde hacía tiempo, hasta que decidieron golpear y generar una crisis en la que la discusión sobre la violación de soberanía debía enredarse con la de si era legítimo tener un grupo de guerrilla detrás de la frontera con Ecuador, y de si el presidente venezolano tenía algo que hacer en este lío. Los que aplauden la “victoria” de Uribe están diciendo por eso que ya el punto dejó de ser el de los rehenes, que Colombia logró poner encima de ellos la cabeza del jefe muerto, y que la OEA y Santo Domingo no pudieron condenar al agresor porque sintieron el peso de los Estados Unidos. Es decir, celebran sobre cadáveres y sufrimiento como en la casa del embajador japonés en 1997. No ven que Uribe ha aislado a su país como pocas veces en la historia de América Latina. Ni siquiera García se atrevió a viajar a apoyarlo. Y envió a Giampietri para que la incoherencia pareciera personal, y no la de su gobierno.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista