El gobierno y los gobernados

En nuestro tiempo de crisis económica internacional con exclusión social, en que las grandes empresas exitosas ganan mucho y despiden masivamente a sus trabajadores, para reducir sus costos y ser más eficientes y competitivas, no queda claro en qué reside el éxito.

| 15 enero 2009 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 482 Lecturas
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El caso de las empresas mineras en nuestro país no puede ser más elocuente. Constituyen el rubro más rentable de nuestra economía, que ha recibido crecientes ganancias en los últimos años y se ha convertido en el principal rubro de nuestro crecimiento económico, pero que se resiste a pagar un impuesto a sus sobreganancias como aporte al progreso y desarrollo del país.

Contrariamente, han emprendido una ola de despidos de sus trabajadores que impide una relación positiva entre ganancias de las empresas mineras y progreso social peruano.

Esto es así por la escasa conciencia social de nuestra clase dirigente que no obstante la exitosa performance de nuestra economía, el llamado “milagro peruano”, prefiere vivir cómodamente recostada en la pobreza, en un Estado que no trabaja seriamente por superar las inequidades que caracterizan nuestra vida social.

También porque la ciudadanía peruana tiene una frágil cultura democrática que la impulse a defender sus derechos contra los que identifican el progreso con el sometimiento de las clases trabajadoras.

El haber olvidado esta realidad tiene una enorme influencia en la vida cotidiana de todos los peruanos porque deteriora las instituciones que la rigen y abandona la responsabilidad estatal de velar por el cuidado y la protección de los ciudadanos.

Un ejemplo de este descuido es el crecimiento de la inseguridad ciudadana que agudiza el miedo en las calles, la paranoia en los vecinos y la desconfianza en la policía, el serenazgo y los vigilantes del barrio, así como la sensación de desprotección en los locales de servicio público, en las comisarías y centros de salud.

Mientras el gobierno y los gobernados sigan bailando de espaldas y sin escuchar la música que debe dirigir sus pasos, la fiesta del 8 por ciento de crecimiento anual seguirá alegrando a pocas parejas y dejando afuera del baile y con rabia, a la mayoría de peruanos.

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Carlos Urrutia

Opinión

Columnista