El enredo del VRAE

Todo ministro del Interior tiene que decir, ante los golpes de las bandas armadas, que entiende la situación y que ha reducido las amenazas. Es lo que trataba de decir el ministro Salazar al señalar que su despacho tiene ontrol de la situación en el VRAE como para responder a ataques como el de San José de Secce y que la comisaría no fue tomada y la columna agresora sufrió bajas, aunque no se haya constatado las mismas.

| 09 agosto 2009 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 387 Lecturas
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Hay un sector de la clase política que vive, en cambio, de promover el miedo. Los ataques en el VRAE y en sus alrededores son presentados como el anuncio del incendio de la pradera y como la reedición de la campaña senderista 1981-1982, que destruyó innumerables comisarías en el campo. Es decir que en unos años tendremos torres de energía derribadas, apagones y finalmente los coches bombas, que no se borran de la memoria de los limeños. Los fujimoristas viven de esto e inventaron eso del “rebrote”. Y ha resultado que otros notables de la derecha y del Apra han ido sumándose a ese punto de vista que justifica la necesidad de gobiernos fuertes y arbitrarios.

Un espécimen característico de esta línea es Mercedes Cabanillas, que como ministra del Interior acompañó a Simon en la presentación del famoso y fallido Plan VRAE, que partía de que los ataques eran “manotazos de ahogado” y ahora como congresista hace escándalo cuando Humala advierte la diferencia clave entre el senderismo original y la actual violencia, que ha perdido perspectiva estratégica, aunque no eficacia militar. Otro tema es Rey, que se pasa la vida explicando lo de las manos atadas de los militares por la vigilancia de los organismos de derechos humanos, pero ahora, como ministro de Defensa, tendrá que dejar de buscar excusas y asumir su responsabilidad de garantizar una política de defensa que no atropelle los derechos de la sociedad.

Por esta vez, el presidente García ha zanjado la polémica señalando algo que le impone su cargo: si se trata de remanentes de una organización ya derrotada, entonces no pueden ser una amenaza real para el Estado, por más que puedan provocar daños serios en sus incursiones. No se trata de desarmarse o minimizar la guerra de la droga que se vislumbra desde la selva de Ayacucho, sino de establecer exactamente lo que está pasando. Lo que se ve son fuerzas tratando de lograr una hegemonía en el circuito de la cocaína. En vez de despejar el campo, atacando puestos en los pueblos chicos como a comienzos de los 80, ahora se ataca la comisaría principal. Esta no es una guerra por ganar a las masas o dominarlas, sino por mostrar quién manda.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista