El delito de don Pablo

No era un papel cualquiera de esos que pululan en el mundo de las maravillas, o sea el Perú, donde somos tan buenos y tan ricos que damos envidia y los rojos conspiran para echarse abajo tanta bonanza. No señor, una citación del Congreso había llegado a su casa.

| 16 agosto 2009 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 562 Lecturas
562

Lo citaba una comisión de un tal Menchola para que explique cómo había resultado jefe de una de las tan temidas Casas del Alba, casi el infierno, una supuesta organización siniestra cuyos miembros apuñalan hostias.

Don Pablo Isidro Gonzales, cincuentón, maestro por vocación y taxista por necesidad, no lo podía creer. Seguramente recordó su magra relación con la autoridad cuando fue a la municipalidad a casarse o cuando reclamó en Sedapal por un recibo equivocado.

El hombre tomó sus precauciones, porque una cosa es ser pobre y otra ser cojudo, pidió una inspección policial que barrió su casa de cabo a rabo, nada por aquí, nada por allá, y se fue al Congreso.

Los adláteres de Menchola lo interrogaron irónicos y displicentes, diga cómo es que tal cosa, qué hizo el día tal a la hora tal, cuáles son sus lecturas, a cuántos incautos enroló, cuántos viajes hizo a Venezuela. Cuando las citas y las preguntas cesaron, don Pablo pensó, iluso, que la pesadilla había terminado. Entonces se atrevió a pedir un papel que lo limpiara de tan estúpida sospecha.

No se puede, le dijo la secre, los congresistas no han venido, han ido a almorzar, a tomar café, espere que lo citen, hoy no, vuelva mañana, espere un par de horas, se acaban de ir, no está programado, pida cita en la puerta, son algunas de las respuestas que obtuvo, y esperó horas, días, semanas.

Hasta que por fin, oh milagro divino, su majestad Menchola estaba a la vista, ahora don Pablo, armado con su sola inocencia, se acompañó de un periodista, pero el legislador le dijo una vez más que espere.

Parado sobre su metro 55, don Pablo esperó al jurado supremo e implacable verdugo de su tranquilidad, pero el tribuno romántico ni lo miró, le dijo al periodista que no sabía quién era ese hombre ni de qué se trataba el asunto.

Como Kafka es un bebé de pecho en la escarnecida vida peruviana, don Pablo enfrenta ahora un juicio bajo sospecha de ser un terrorista solapa, un regalito del infamante rosario burocrático nacional que don Walter Menchola personifica a carta cabal.

Loading...



...

Rosa Málaga

Crónicas pasajeras