El Congreso suicida

¿Usted cree que el próximo año habrá Defensor del Pueblo, renovación del Tribunal Constitucional y cobertura de las plazas vacantes en el directorio del BCR? La lógica más elemental indica que no, que la cosa seguirá igual y que las instituciones que deberían representar la reserva moral, la reserva jurídica y la reserva económica del país, seguirán acéfalas, parchadas y contrahechas porque el sistema no permite su renovación democrática.

| 20 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 701 Lecturas
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La crítica que se hace en los medios sobre que los otorongos son buenos para lograr unanimidad para mejorarse los sueldos (¿conflicto de interés?) y malos para elegir autoridades claves, pudiendo ser cierta, peca de superficialidad.

La causa más de fondo hay que buscarla en el sistema creado por el fujimorismo que le arrebató innumerables prerrogativas al Legislativo, hasta la de expresarse libremente en las sesiones plenas (parlamentar), pero mantuvo la singular de fijarse sueldos y beneficios.

El mecanismo fue pensado, además, para que hubiera una mayoría absoluta como la que existía en los años 90, que permitía funcionar sin alianzas y agregar pequeñas minorías al voto principal para tomar decisiones calificadas.

Recuérdese que en su carta de renuncia desde el Japón, Fujimori decía con gran soltura de huesos que no podía gobernar con un Congreso que no controlaba, a pesar de todos los esfuerzos de Montesinos por comprarle una mayoría postelectoral.

Ese sistema para mayoría absoluta, que se convirtió a partir del 2001 en un esquema fragmentado de muchas bancadas como efecto de la crisis política, ha incapacitado al Congreso como poder real y lo ha marcado con una serie de pasivos, buena parte de los cuales se los han colgado los propios congresistas que aprecian su cargo como un título honorífico para sacarle ventajas. Habría que estudiar el modo como se seleccionan las listas para entender porqué tantos representantes no comprenden lo que es representación.

El hecho es que tenemos un Congreso concebido para una realidad que ya no existe y que es un terreno de transacciones que muy difícilmente podría llegar a juntar 80 votos para nombrar a personajes en cargos de significativo poder, sobre los cuales ya no responderán ante nadie una vez electos.

El intento fallido de pasar por agua tibia al exdecano de los abogados, muy próximo al aprismo, para llenar la vacante de Defensor del Pueblo mostró que solo en tono de distraídos y haciéndose concesiones inexcusables se puede avanzar una propuesta, antes que se caiga.

Para 2013 es esperable que estas ilusiones y entrampamientos se repitan, salvo que se consolide un bloque dirimente humalo-fujimorista, que algunos ven como una hipótesis posible pero que a decir verdad va a ser sumamente difícil de concretar, porque divide a los primeros y le quita aire de oposición a los segundos.

La forma como Abugattás desbarató el proyecto de poner a Walter Gutiérrez como Defensor del Pueblo advierte que la perspectiva para salir del fraccionamiento puede concluir en una mayor pulverización de alternativas.

Imaginar que el Congreso existente se haga consciente de los límites en que se mueve y se rebele a las camisas de fuerza que le impuso el fujimorismo, lo que implica apuntar a la Constitución de 1993, sería en verdad un exceso de optimismo frente a caballeros y damas que se sienten tan cómodos en su curul y que no se angustian por ser un medio poder.

Tampoco les angustia seguir acumulando desprestigio y cada vez mayor irritación social. Una tragicomedia que puede tener muy mal final.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista