El Congreso es irreformable

El derrumbe del aumentazo congresal no demuestra tanto la sensibilidad de los otorongos, sino el poder de la presión social y el papel que prensa como LA PRIMERA puede cumplir para cambiar lo que parecía irremediable. Pero, en general, prevalece la opinión de que un grupo de personas va a adoptar medidas para cambiar la institución que les da poder y dinero casi sin responsabilidad. Si se observa lo que hace la mayoría de congresistas cada día, se confirma que su obsesión es su próxima reelección, lo que no se limita padrinazgos en las provincias, sino que apunta siempre a hacérselas más difíciles para los que aspiren sus puestos en el futuro. En resumen, se sienten felices en donde están, mientras crece la ola de indignación popular que peligrosamente camina hacia la vieja idea del presidente que clausura el Congreso y concentra todo el poder.

| 09 enero 2013 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 789 Lecturas
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Por supuesto que se dice que no estamos en 1992, no hay una ingobernabilidad tan evidente y Humala, a pesar de exabruptos brutales como el referido a “Gringasho”, no parece tan insuflado de autoritarismo y sentido de impunidad como el que mostraba Fujimori. Pero entonces lo que estamos diciendo es que las cosas por un tiempo van a seguir más o menos igual y la contradicción Congreso-pueblo se va acrecentar. Podría apostar que ninguna reforma que remueva el estatus quo va a prosperar: ni el voto preferencial, ni la alternancia entre hombres y mujeres, ni la escala salarial del Estado, ni la eliminación de los falsos bonos, ni los sistemas de representación por circunscripciones mejor delimitadas, ni la revisión de faltas con mecanismos imparciales y no por mayorías políticas, ni la ley de partidos para que la política no sea un monopolio de camarillas, ni la bicameralidad, ni la forma de elegir autoridades calificadas, ni el tiempo de intervenciones en los plenos, etc.

Nada va a cambiar porque nadie quiere cuestionar el punto de partida del actual orden parlamentario, que nace del antiparlamentarismo fujimorista. Lo que hoy llamamos “representación” es el producto de un golpe de Estado que afirmó que no se requería representación, porque para lo único que servía era para costar dinero y negociar prebendas políticas. Sólo volvimos a tener algo parecido a un Congreso bajo presión internacional y el espacio se entendió como un refugio para los partidos y un complemento de la dictadura mediante la mayoría del voto. Todo eso quedó consagrado en la Constitución de 1993, en leyes posteriores y en la práctica de fujimorismo de crear partidos para cada elección para burlarse de un Congreso que les da poder de negociación frente a los gobiernos, pero ninguna iniciativa de cambio.

Desde el año 2000, todos los partidos no fujimoristas han hablado antes de las elecciones de la reforma institucional y el cambio de Constitución para modificar las reglas. Pero todos se han ido fujimorizando desde el poder, luego de aprender a través de los expertos de protocolo como se manejan los asuntos de gobierno y descubrir lo peligroso que puede ser alterarlos en medio de jauría de prensa de la derecha y la presión del poder económico. Entonces todo sigue básicamente igual hasta que el Congreso vuelve a embarrarla y todos se van contra ellos. Cuando es todo el sistema de instituciones y de gobierno el que debería ser sujeto a una revisión integral sino queremos explotar de aquí a un tiempo. Y la única vía democrática que existe para ello es la Asamblea Constituyente, aunque a algunos se les paren los cabellos de sólo pensarlo.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista