El bocón

¿Qué pasa cuando un presidente incumple su palabra?

—Lo sacan

— ¿Cuándo el presidente no honra sus compromisos?

— Lo sacan

| 07 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.7k Lecturas
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Este diálogo, sin duda, provocador que propone el presidente regional Gregorio Santos a una multitud enfurecida en la Plaza de Cajamarca, ha dado origen a una curiosa reacción del gobierno, del fiscal de la Nación y de la coalición mediática a favor de la gran minería.

El primer concepto es que todos han dado por cierto que a quien se refiere Santos y al que quiere sacar del poder es a Ollanta Humala, lo que equivale a decir que efectivamente estamos ante un presidente que “incumple su palabra” y “no honra sus compromisos”.

Lo que alguien debió explicar es que si Ollanta estuviese cumpliendo su palabra y honrando compromisos, “gradual y persistentemente” como anota la primera dama, no debería sentirse aludido por la bravuconada cajamarquina.

Bueno, entonces se trata de defender a un presidente que cumple o incumple, que honra o no honra, teniendo solamente en cuenta su condición de autoridad electa. Pero esto no es exactamente lo que acredita el proceso de génesis y desarrollo del nacionalismo hasta su arribo al poder en el 2011.

Locumba fue una rebelión precisamente contra el intento ya avanzado de armar una transición pactada con el fujimorismo para el regreso de los partidos al poder. Y ese híbrido institucional que es la Constitución de 1993 y los acuerdos de la Mesa de la OEA del 2000, denunciados por los Humala es el tipo de Estado que hoy tenemos.

Por eso en el primer acto del “andahuaylazo”, Ollanta apoya la exigencia de la renuncia de Toledo porque no había honrado sus compromisos de lucha contra la corrupción, defensa del patrimonio nacional y apertura a un proceso constituyente. Es verdad que luego Ollanta se distanció de la aventura del hermano que quedó fuera de control.

En el 2009, a raíz del “baguazo”, Ollanta volvió a reclamar la vacancia de Alan García, porque no se podía tolerar un presidente que cause muertes en vez de impedirlas. Y nadie negará la cercanía entre el actual presidente peruano y el de Bolivia, cuya victoria germina en un levantamiento social contra el gobierno de Sánchez de Lozada que produjo una masacre de pobladores.

Ahora resulta que hasta el presunto defensor de la legalidad, el fiscal Peláez Bardales, encuentra delito en las palabras de Gregorio Santos. ¿Cuál delito?, ¿preguntar sobre lo que pasa a los presidentes mentirosos?, ¿referirse a Ecuador y Bolivia, es decir al origen de los gobiernos de Correa y Morales?, ¿proponer a los cajamarquinos dar un “golpe de Estado” como figura en varios titulares?

Que Santos se fue de boca, no hay como negarlo. Sus palabras no ayudan a la amplitud del movimiento sino lo cierran en su núcleo más duro. Y tal vez favorezcan la represión luego de la cortina de prensa que ya casi lo está equiparando con el camarada Gabriel. Hay una temporada de caza de izquierdistas y dirigentes sociales que está comenzando y que ha encontrado pista en las palabras del presidente de Cajamarca.

Anteayer nomás, el cándido de la revocatoria escribió en su columna: “…ya el Perú tiene que salir de una vez de la izquierda, de esa plaga... que tanto daño le ha hecho con Velasco y Sendero, con esa estúpida mentalidad violenta, resentida y siempre en contra del progreso”. ¿Quién dijera que esta tarea se la quieren encajar a Ollanta Humala?


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista

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