El año del tanteo

En enero de 2012, vivíamos bajo el impacto del estado de emergencia que había aparentemente controlado el conflicto de Conga. El “éxito” de hacer fracasar la negociación de comienzos de diciembre, seguida por la decisión de fuerza, había sido imputado a la “firmeza” del ministro Oscar Valdés que por ese mérito se convirtió en primer ministro con el encargo de aplicar el mismo método a las convulsiones sociales que siguieran en la lista.

| 30 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 788 Lecturas
El año del tanteo 788

De esta forma entramos al nuevo año en un estado de “paz social”, lo que se reflejó en las encuestas de ese mes que Ollanta Humala empezó a remontar una tendencia a la baja de los tres meses anteriores.

La idea de que el gobierno que ya se había encarrilado en una línea de continuidad del modelo económico basado en grandes inversiones en proyectos extractivos, le sumaba ahora la mano dura en la relación con las comunidades y regiones que se resistían a ser invadidas por las mineras, petroleras y otras, en desmedro del medio ambiente y las reservas de agua, era la marca de una nueva etapa que iba a durar poco más de siete meses y costarle la vida a 23 personas, según datos de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

Pero Valdés era una caja de otras sorpresas. Una de ellas, su declaración de simpatía hacia el gobierno de Fujimori, contra el que se alzó Ollanta y la que hizo descalificando el programa de la gran transformación. La ruta a la que apuntaba el gobierno no podía ser más oscura.

En febrero, el hecho relevante fue la captura de Artemio en el Huallaga, que el gobierno quiso creer que señalaba el inicio de una etapa de triunfos antiterroristas, que se despintaría en los meses siguientes. Este fue el mes de la marcha del agua que trajo manifestantes de todo el país e impactó la moral del Presidente, porque señalaba el fin de muchas viejas amistades.

Marzo fue el mes de los anuncios gasíferos, comenzando con la sorpresiva declaración en pleno campamento de Camisea, con las tropas movilizadas como si fueran a tomar los pozos, de que en ese momento se estaban recuperando las reservas embargadas del Lote 88; y días más tarde la del inminente inicio del gasoducto andino y el proyecto petroquímico que debería revolucionar la realidad del sur.

Ni uno ni otro anuncio se hicieron realidad. El Lote 88 no ha sido hasta hoy recuperado a plenitud para el mercado interno, porque sigue sin haber acuerdo entre los integrantes del Consorcio Camisea, y el gobierno no ha dado mecanismos para superar el impasse.

Respecto al gasoducto, ha habido cambios sucesivos de planes respondiendo a las variaciones en las alianzas empresariales y los responsables de la política energética del gobierno, al punto que ahora nadie sabe qué saldrá realmente de todo esto, qué empresa privada ejecutará las obras y con cuánto gas se contará para ello.

Entre marzo y abril el gobierno aplicó el estilo Valdés en Paita, Sechura y Madre de Dios, repitiendo el esquema de declaración de estado de emergencia, represión, muertos, heridos y detenidos, e invitación final a un “diálogo” bajo condiciones de fuerza.

Pero abril fue también el de la crisis de Kepashiato, cuyo primer acto fue el secuestro de trabajadores de mantenimiento del gasoducto, y que llevó al gobierno a una increíble cadena de errores que tumbó a dos ministros y al conjunto de la política antisubversiva del gobierno.

Mayo fue el mes de la crisis de Espinar y junio el de Conga. En resumen 3 muertos en las alturas de Cusco y 5 en Cajamarca. Por esas fechas las encuestas ya evidenciaban que el método Valdés estaba agotado. En todos los sondeos se marcaba la idea de que a Ollanta se le desaprobaba por su “mal manejo de los conflictos sociales”.

En julio, el Presidente empezó a dar muestra de que cedía en el asunto Conga. Anunció una comisión de facilitadores de la iglesia y declaró que la prioridad de su gobierno era el agua sobre la riqueza minera.

A fin de ese mes, Valdés hizo sus maletas para irse y Jiménez se convirtió en nuevo primer ministro inaugurado con una declaración de que el proyecto Conga se encontraba suspendido.

En julio se vivió la primera experiencia de “rescate” de niños de la Zona del Vrae, sin que se pudiera aclarar si los llegados a Lima eran hijos de los senderistas, apartados de sus padres o como decía el gobierno “secuestrados por los terroristas”.

Meses depués un segundo “rescate” concluiría en un terrible epílogo cuando se supo que los niños traídos a Lima habían sido arrebatados a su madre y que su hermanita de 9 años había sido acribillada por la intervención militar.

De julio a diciembre ha estado en operaciones el gabinete Jiménez, que ha enfrentado una etapa de grandes huelgas (maestros, médicos, personal penitenciario, Poder Judicial y otras), pero ha mostrado mayor prudencia en el uso de la fuerza. El premier definió por su cuenta su período como el del diálogo, con obvia intención de diferenciarse de su predecesor.

Pero diálogo no es precisamente lo que ha habido, sino una especie de calma chicha derivada probablemente del desgaste de la primera mitad del año, el cambio de naturaleza de los movimientos sociales en el segundo semestre y el afán de sobrevivencia del ministro y buena parte de su gabinete.

Jiménez puede parecer a primera vista el premier ideal para Humala: bajo perfil, disposición a comerse sapos (por ejemplo el caso Villena), aversión a los escándalos, etc., sobre todo después del derrumbe de los gabinetes Lerner y Valdés.

Pero si se mira bien, es probable que la conclusión sea que el premier durará lo que tarde el gobierno de enfrentar una resistencia social más o menos sostenida y de volver a caer en las encuestas.

La idea de un gobierno por tanteo está muy arraigada al parecer en el Presidente. Es lo que quiere decir cuando dice ser pragmático, lo que significa que va donde lo lleva el viento.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista

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